miércoles, 26 de agosto de 2015

Operation Sea Wolf - El Libro / Entrega 2





1-



Originalmente el nombre era John Randale (se pronuncia “randeil”) y era argentino, nacido en la Ciudad de Buenos Aires, pero como a los compañeros de colegio les resultaba ridículo, ellos lo llamaban Juan; a secas.
Y eso lo enojaba…
Así aprendió a convivir con su nombre original en su casa y con el otro fuera de ella. Pero siendo hijo de irlandeses, al menos por parte de padre, él tenía el convencimiento de que tenía derecho a llamarse y que lo llamen John. Y como casi nadie lo quiso entender debió aprender a agarrarse a trompadas desde chico. Y la elección dio sus frutos. Al poco tiempo entró a formar parte de una selecta cofradía que reunía a lo mejor de la Escuela Nro. 9 de Villa Ballester. Y aunque los años hubiesen pasado, y no de la mejor manera que le hubiese gustado, Randale o “El Irlandés” como también muchos aprendieron a llamarlo, se dedicó a transitar la vida con mucho de ese encabronamiento que de chico le generó el tema de su nombre.
Tipo frontal y de pocas pulgas éste irlandés nacido argentino que en esas primeras semanas de enero protestaba contra las adversidades que le tocaba afrontar. Fue por eso principalmente que cometió el error de seguirle la corriente al tipo que lo había llamado de parte de Finn “El Toro” O´Harey, un paisano que había conocido años atrás en Hamburgo y con quien había hecho buenas migas.
La gente como Randale no es fácil de convencer por teléfono, aun viniendo de parte de un conocido, y menos personalmente cuando no quiere entrar en razón. Pero este cabrón que lo llamaba tenía algo peculiar en su forma de manejar la palabra… Te enroscaba hábil y sin vergüenza.
- ¿Si? - Dijo Randale cuando atendió antes del cuarto pitido.
- ¿El señor John Randale? - La voz del otro lado del teléfono sonó sorpresiva. Si alguien quería congraciarse de entrada, lo mejor era arrancar llamándolo “John”. Pareciera como que quería agradarle el desconocido.
- ¿Quién lo busca?
- Lucius Binder. Tenemos un amigo en común, el señor O´Harey. Me dijo que podía llamarlo por una consulta.
- Sí, ubico a O´Harey ¿Por qué asunto es?
- Un trabajo de prospección. Bajo el agua. Me dijo que usted se dedica a eso.
Sí, entre otras cosas, Randale se dedicaba a prospecciones submarinas. Siempre y cuando las condiciones lo permitieran y el cliente aceptara pagar lo que él pedía.
- Es correcto pero por lo general no trato temas de trabajo por teléfono ¿Desde dónde me habla?
- Estoy en Buenos Aires. Alojado en el Microcentro ¿Éste teléfono al que lo estoy llamando es de Olivos, verdad?
No es que fuera un secreto saber que la característica 4794 correspondía a los alrededores de la Quinta Presidencial, pero que lo empiecen madrugando de esa forma, sumado al meloso “John”, ya lo puso de nalgas.
- Sí correcto. Y dígame una cosa señor Binder ¿tiene usted alguna referencia más concreta que la mención del nombre de O´Harey para verificar que él en persona lo recomienda? No me avisó nada ni estuve en contacto con él desde hace un tiempo.
- Si por supuesto, tengo una nota escrita de puño y letra. Algunas fotos también. No éramos íntimos pero tuve oportunidad de contratar sus servicios un par de veces… - Lo dijo como al pasar. De manera casual. Pero hubo un ínfimo detalle en la entonación que hizo que a Randale se le pararan los pelos de la nuca.
- Entiendo - Dijo cauteloso y sin dar lugar a mayor confianza - Hagamos lo siguiente, déjeme su teléfono o una forma de contactarlo y lo vuelvo a llamar. Necesito ver en qué momento podríamos encontrarnos.
- Me parece bien ¿toma nota?
Y así se hizo de una manera de ubicar al tipo. Y de paso se lo quitó de encima. Ahora él podría tomar la iniciativa y chequearle un par de datos antes de saber quién era y que quería.
Lo primero que hizo fue contactar al “Toro” O´Harey para pedirle referencias. En un mail conciso pero bastante extenso, “El Toro” le confirmó que él había hablado con Binder en Hamburgo antes de fin de año. Le comentó que viajaría a la Argentina en los próximos días y que necesitaba hacer una prospección en las aguas frente a las costas de un lugar en Rio Negro. Una estancia de buenas dimensiones que pertenecía a alguien relacionado a él, terminaba en el último tramo de tierras dentro de sus límites en ese sitio.
El tipo era alguna clase de asesor en planificación financiera vinculada a seguros; Randale jamás había oído hablar de eso pero entendía que en Europa desarrollaban ocupaciones que a veces tenían que ver con ciertas cuestiones particulares de sus economías o sus dinámicas sociales, muy distintas de las nuestras. “El Toro” tuvo el buen tino de pasarle un archivo con una foto junto a su respuesta. La cara que lo miró desde la pantalla de su computadora era la de un tipo de una edad indefinida en los cincuenta y pico. Poco pelo, mucha frente, rubio obvio, ojos claros, vivaces y una sonrisa sobradora, canchera. Era difícil decir que edad tenía con certeza. Pero se podía ver en general que la vida le había sonreído al tal Binder. No tenía traza de estresado.
Chequeó dos o tres cosas más y cuando estuvo conforme cerró la computadora y dejó para el día siguiente la devolución del llamado. Un trabajo como ese podía significar iniciar el año laboral con perspectivas más alentadoras que con las que contaba hasta ese momento.


*****


Del otro lado del mundo, en un cálido y bien arreglado piso frente al Drzewa Park, en Bergedorf, en las afueras de Hamburgo, un anónimo sujeto desconectaba la computadora portátil luego de enviar la respuesta a varias consultas que un tal Randale le hacía al pobre O´Harey.
El hombre envió a continuación un mensaje de texto que sería retransmitido a Binder en Buenos Aires avisando que la supuesta comunicación entre Randale y O´Harey ya se había hecho. Él no era O´Harey; se lo conocía como Barnes y jamás se cruzaría con Randale.
Barnes se calzó su abrigo, guardó sus pertenencias en el maletín y echó una mirada alrededor para cerciorarse de que todo quedaba en orden y nada mostraría su paso por el lugar. Cuando quedó conforme salió cerrando con la misma llave que había entrado.
Mientras él se disponía a regresar a su casa en Dover, Inglaterra, Finn “El Toro” O´Harey yacía frío y medio comido por los peces en el fondo de un lago de la Selva Negra alemana. Y John “El Irlandés” Randale jamás sabría eso.


*****


Hacía ya varios años que Randale elegía circular sin armas cuando la situación no lo exigía explícitamente.
Los chorros circulaban frente a los podridos servicios de “seguridad” nacionales con arsenales de guerra que serían la envidia de cualquier grupo paramilitar africano en aras de hacer un golpe, y nadie les hacía nada.
Ahora si a cualquier ciudadano normal, que por error creyera que tenía el derecho de protegerse, lo enganchaban con una .22 vieja y oxidada, se comía tantos garrones en los siguientes diez años que no le quedaban ganas ni de portar un gas pimienta.
Y ni que hablar si en defensa propia matabas a un caco. Mejor pedías asilo político en un país en serio.
Mientras tanto a diario, los noticieros se regodeaban mostrando cómo los delincuentes se tiroteaban a plena luz del día con la policía o mataban gente a diestra y siniestra sin que a nadie se le moviera ya un pelo. Encima algún candidato a presidente, pelotudo y trasnochado, salía a declarar que él se postulaba para traer “seguridad y tranquilidad”…
¿Qué pensaba… que lo esperábamos a él para que se cumplan esas necesidades?
¿Y todos los años que lleva en el gobierno en otras funciones distintas a la de presidente? ¿Por qué no hizo algo en todo ese tiempo…?

*****

Atravesó las puertas del hotel ubicado en la esquina de Maipú y Av. Córdoba dos días después del llamado de Binder. Se presentó en el mostrador y se anunció. Lo invitaron a tomar asiento luego de comunicarse con el huésped y avisarle que en unos momentos bajaría a encontrarse con él.
Se acomodaba en unos sillones del lobby cuando giró la vista por reflejo. Del ascensor venía un sujeto un poco excedido de peso, alto, vestido con traje azul, camisa blanca impecable y sin corbata. El poco cabello que tenía estaba bien acomodado. No usaba anillos ni nada exagerado a la vista, salvo un Rolex Oyster Perpetual Sea-Dweller 4000 en la muñeca izquierda.
Se acercó con la mano extendida y Randale se sintió un poco sorprendido ¿Cómo sabía que era él? Se paró por obligación y recibió a Binder.
- Señor Randale, un placer. Lucius Binder ¿Cómo está? Gracias por venir.
- No hay problema.
- Por favor - E indicó los sillones para sentarse. Se acomodó mientras buscaba a alguien de la plantilla de empleados para pedir algo de tomar.
Ordenaron sendas tónicas con hielo y limón; Randale nunca ingería alcohol cuando trataba cuestiones profesionales.
- La verdad le estoy muy agradecido por la rapidez de su respuesta.
- Tenía que resolver compromisos antes de vernos.
- Por supuesto, por supuesto…
- Bueno. Usted dirá en que puedo serle útil.
- Bien, sí. Verá, me dedico al asesoramiento acerca de planificación financiera e inversiones en el mercado de seguros. Atiendo demandas de clientes que buscan asegurar ciertos capitales a futuro, principalmente dirigidos a cubrir alguna necesidad puntual. Educación, retiro, renta, supervivencia… ¿Tiene usted seguro de vida, John?
Por una fracción de segundo lo miró por encima del vaso del que bebía y estuvo a punto de ir al cruce del avance que el otro hizo. Pero se reprimió. Quería constatar algo. Lo dejó pasar.
- No ahora. Lo tuve en otras épocas y ya lo rescaté…
- ¡Ah! - Dijo divertido Binder - Veo que domina la jerga.
- Simple información básica.
- Bueno como le decía, me dedico a resguardar capitales. Trato de sugerir colocar partidas en opciones que no sean muy osadas, todo lo contrario. Discreción, seguridad y lo esperable en función de mantener una línea y una buena imagen. Entonces cuando unos familiares de mi esposa me comentaron que tenían tierras aquí y querían ver la posibilidad de moverse de posición respecto a vender e invertir en algo distinto, levanté el guante.
- Interesante ¿Dónde tienen tierras?
- En Chubut. Es una estancia importante. Las últimas tierras están sobre la costa.
- Y usted… colabora, de alguna manera, viendo cómo hacer subir la cotización de esas tierras.
- Algo así. Y para eso, nos interesa saber que hay en las aguas frente a esas costas.
Randale puso cara de sorpresa. En verdad no entendía.
- No comprendo ¿En qué les afecta o qué interés tienen en lo que hay bajo el agua? Por más que sean tierras con propietario, la posesión se termina en la línea del agua. De hecho no debería el dueño tener injerencia hasta la línea de la playa. La propiedad debería terminar antes.
- Pues no es así. Los informes de agrimensión indican que las playas entran dentro de la propiedad.
- Bueno entonces, suponiendo que así sea, lo que hay bajo el agua, aun estando frente a tierras propias, no tiene nada que ver con la propiedad sobre terrenos. Lo que hay bajo la línea de la costa no tiene dueño. Ni acá ni en ningún lugar del mundo. Como mucho el dueño de lo que hay bajo las aguas de un país es propiedad intrínseca del mismo. Se llama soberanía.
Binder lo miraba alegre, con una sonrisa de oreja a oreja. Divertido.
- Todo se puede discutir, mi amigo.
“No soy tu amigo gringo. Y ya me está rompiendo las pelotas esta conversación” Pensó Randale, haciendo un esfuerzo para que no se note.
- En realidad no quiero reclamar nada. Ni hacer revuelo ni montar nada espectacular - Explicó el visitante adoptando un tono más privado. Su cara se tornó sombría de golpe. A Randale le sorprendió el cambio repentino. Pasó de una actitud confianzuda y dicharachera a un estado frío y cortante. Amenazador diría Randale.
Se quedaron mirándose uno al otro por un par de segundos. Cuando Binder se dio cuenta, volvió a cambiar con una facilidad pasmosa.
- Mi estimado John… - Dijo adoptando un tono amistoso, meloso - Che, podemos tutearnos ¿no?
Randale arqueó las cejas y se encogió de hombros.
- Si quiere hacerlo a mí no me molesta. Yo no lo hago. Cuestión de principios.
- Lo que pasa es que me parece que somos de la misma edad y… ¿Vos sos de acá de Buenos Aires? Yo de chico vivía en Martínez. Estudiaba en el pupilo del colegio Hölters en Cardales.
Golpe bajo y desestabilizador ¿No era alemán este gringo de mierda?
- Entendí que usted era de allá… - dijo Randale en referencia a Alemania.
- No, no, soy hijo de alemanes pero criado acá. En realidad para nosotros es lo mismo. Para los que viven allá no. Seguimos siendo “experimentos sudamericanos”.
- No le entiendo muy bien…
- Quiero decir que por más educación y costumbres que tengamos, los que nacimos fuera de Alemania para los alemanes nativos y residentes, somos “extranjeros”. No nos reciben bien.
Randale no supo que responder.
- Son más jodidos de lo que parecen… perdone la sinceridad pero, ya que me invita a la confianza… Dije lo que pensaba. Acá creemos que ustedes, como otras colectividades, mantienen como primordial la nacionalidad de sus padres antes que la nuestra.
- Si, no es tan así. La diferencia es la vertiente. Los pueblos de ascendencia latina o normanda son tal vez más así. Los sajones o los nórdicos son mucho más sectarios.
“Me perdí” pensó Randale “De qué carajos estamos hablando ahora ¡Qué pérdida de tiempo este muchacho!”
- Señor Binder, para concretar, ¿Cuál es la necesidad puntual que tiene para solicitar mis servicios? ¿Sabe usted a qué me dedico? ¿Sabe cómo manejo mis contratos, los costos, los honorarios? ¿Lo que implica una operación de buceo? ¿Tiene idea de algo relacionado? ¿Qué necesita específicamente?
Binder lo estudió un momento. Evidentemente había vuelto a cambiar de rol. Pero esta vez Randale sospechaba que no iba a volver al anterior, al del tipo simpático y entrador que quería pasar por porteño alemanizado o alemán porteñizado.
- Sí estoy al tanto de a qué se dedica y cómo lo hace - Lo dijo serio, tranquilo, mirándolo de frente sin quitarle la vista de encima - Se perfectamente cómo maneja su trabajo y estoy al tanto de lo que implica una operación de buceo. Créame.
Hizo una pausa, no se supo si para agregar dramatismo o para que Randale asimilara lo siguiente que iba a escuchar.
- John, el motivo por el cual lo contacté,- Su voz se tornó suave y su hablar pausado - es porque necesito que ubique un buque hundido del cual se debe rescatar un elemento.
Se inclinó hacia adelante en su asiento y su mirada se heló cuando le clavó la vista al irlandés.
- Necesito que encuentre un submarino alemán de la segunda guerra que fue ocultado, hundido, en algún punto de una porción de aguas territoriales argentinas.

Silencio profundo flotando entre los hombres mientras alrededor el mundo seguía su rutina en el lobby del hotel de Maipú y Av. Córdoba.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Operation Sea Wolf - El Libro / Entrega 1




Operation Sea Wolf
(Las Mujeres No Eligen Perdedores)
DNDA: Form. N° 00280160 / Exp. 5222088 26/03/2015



By Marcelo Branda




Prologo



El año, 1975. Diciembre corría con prisa, como si quisiera acabar rápido y sacudirse de encima los negros nubarrones que el futuro cargaba. Algunos lo sabían, muchos lo sospechaban, casi todos lo esperaban. Eran los estertores del último gobierno peronista legítimo, que caería pronto bajo el dominio militar de aquellos a quienes la Presidente les había dado carta blanca para perseguir y desterrar al enemigo marxista.
Pierre Lamar se hallaba de pie sobre la cubierta del viejo pesquero traído de Mar del Plata años atrás. El aparejo que colgaba sobre la borda movió el contenedor de acero sin hacer un solo ruido. En parte porque sus mecanismos estaban bien mantenidos, en parte porque usualmente levantaba redes de pesca repletas sin una queja. El trabajo forzado le iba bien.
Era de noche. La luna aún iluminaba. La atmósfera estaba saturada de un olor extraño y desde el horizonte negro los resplandores de lejanos relámpagos eran la antesala de una tormenta importante.
El contenedor era de acero inoxidable de la mejor calidad; construido en Bruselas con materia prima alemana. Lo habían supervisado dos ingenieros y su construcción llevó casi dos años. Lo embarcaron en un carguero, en Hamburgo, a fines de 1963 y cuando llegó a la Patagonia en abril del 64 lo trasladaron desde Bahía Blanca hasta Puerto Madryn oculto entre una carga de tirantes de madera.
Lo sepultaron a buen resguardo, en una finca metida tierra adentro de la ruta que unía Madryn y Pirámides, diez o doce kilómetros alejada de la ruta. Su familia estaba a cargo de la custodia de la caja hasta el momento en que se necesitara.
Un año atrás, era 1974, la responsabilidad había pasado a sus manos y poco después le pidieron que la rescate de la tierra. Había que trasladarla de urgencia.
Después de años, llegó el momento de utilizarla con el fin para el cual había sido fabricada.
Entonces Lamar emprendió el viaje desde Península de Valdés hasta Bariloche. Allí se la utilizaría para contener lo que se quería preservar y luego, de la misma forma silenciosa y anónima en que se había trasladado de Europa a la Patagonia, Lamar se encargó de llevarla de vuelta desde la cordillera hasta el mar para llegar a este muelle, junto al aparejo que la izaba a bordo.
La caja era un contenedor hermético, rectangular, de unos dos metros y medios de largo por un metro de ancho y uno de alto, con manijas que facilitaban su manejo pero, principalmente, para permitir maniobrarlo bajo el agua. Su destino final, por el momento, eran las profundidades del mar donde debía ser ocultado.
El traslado se iba a completar en las siguientes cuatro o cinco horas. Para cuando el día se hiciera nuevamente, su tarea habría llegado a su fin; por lo tanto no se molestó en bajarlo a la bodega. Lo apoyó sobre cubierta y se limitó a taparlo con una lona, por cualquier imprevisto.
Se puso detrás del timón y despegó la embarcación suavemente del muelle, encarando proa a mar abierto, navegando a tres cuartos de potencia del empuje total de los motores y moviéndose en un mar peligrosamente calmo. Otro indicio de que la tormenta que venía era de cuidado.


*****


Navegó por espacio de una media hora describiendo una curva amplia que lo alejó de la línea costera. El curso tomado lo llevó a estribor y hacia el sur de donde había partido. No se veía playa ni costa. A la distancia se sumaba el hecho de estar frente a tierras desiertas, en las que no había poblaciones ni caseríos. Eran las últimas hectáreas de terreno a espaldas de una estancia cuyo casco se hallaba a más de siete kilómetros de la línea de playa.
En otros tiempos, esa soledad había sido aprovechada para desembarcos clandestinos.
Calculó que habría unos treinta metros de profundidad promedio debajo de la quilla del barco, teniendo en cuenta el fondo desparejo, las diferencias de mareas y la orografía del suelo marino. Allá abajo yacía un naufragio al que él se dirigiría. El mismo no había sido accidental sino provocado. Y el sitio fue elegido por esas características que conocía. Todo era parte de un plan. Pocas cosas quedaron fuera de control.
Se vistió con un traje de goma para bucear. Acomodó el cinturón de lastre a la cintura y sujetó un enorme y filoso cuchillo de buceo a la pantorrilla derecha. Ató una brújula de gran esfera a su muñeca izquierda y en la derecha un reloj Seiko, sumergible, con bisel giratorio unidireccional y cronógrafo apto para usar bajo el agua. Por último se ajustó la capucha y acto seguido se dedicó a bajar por la borda el contenedor de acero.
Hizo trabajar el aparejo hasta sentir que la caja tocaba fondo. La cuerda que había sido previamente marcada decía que hasta ese punto se habían desenroscado veintitrés metros del rollo. Verificó que las anclas estuvieran en su lugar y luego pasó los brazos por el arnés que le permitía colgarse un par de botellas de aire comprimido a la espalda. Controló que el suministro de aire saliera correctamente de la boquilla. Encendió la linterna chequeando que el haz blanco de unos veinte centímetros de ancho iluminara correctamente; la luz perforó la oscuridad y se reflejó en la superficie, treinta metros más allá de la borda. La apagó satisfecho y la ató a su cintura para usarla poco después.
Tomó las aletas y bajó con cuidado por la plataforma de la popa hasta quedar sentado y en posición de colocárselas. El último movimiento que hizo antes de deslizarse en las aguas negras que lo engulleron, fue ajustar su luneta sobre la cara. Después, con un chasquido apagado, su cuerpo perforó la superficie y entró al agua en medio de un torbellino de burbujas.
Desenganchó la linterna e hizo la luz bajo el agua. Nadó paralelo a la borda hasta encontrarse con la soga que bajaba derecho hasta la caja. Apuntó el foco hacia el fondo. Instantáneamente cientos de peces se arremolinaron buscando comida o curioseando. Se dobló por la cintura alzando sus caderas y levantando sus piernas, quedando éstas fuera del agua. Cayó como una flecha y las piernas lo impulsaron. Cuando las aletas se hundieron detrás de él comenzó a dar largas y lentas patadas que lo llevaron cada vez más profundo en el agua.
Recorrió todo el trayecto de la cuerda hasta dar con la caja. Se tomó unos segundos para orientarse y revisar el alrededor con la luz. Miró la brújula y apuntó hacia su derecha. Enganchó un cordel naranja a una de las manijas de la caja y dejó desenrollar el carrete. Nadó cerca del fondo alejándose de la caja. Lo hizo con tranquilidad, revisando a izquierda y derecha con la luz, cerciorándose de estar orientado y dirigirse en la dirección correcta.
El fondo cambió de ángulo. Dejó de estar plano o mostrar elevaciones de piedras y plantas para bajar en un desnivel de unos treinta grados. Lamar echó mano al profundímetro que iba atado siempre al pack de botellas y certificó cuanto había ganado hacia el fondo. Tres metros. Siguió avanzando. De paso chequeó el aire. La aguja no se había movido.
Un poco más adelante notó que el suelo tenía una marca anormal, anti natural. El suelo había sido aplanado como si alguien hubiese apoyado un peso y lo arrastrara mar afuera. Un surco limpio de rocas y vegetación que Lamar siguió por un trecho hasta chocar con una forma creada por el hombre, cubierta de vegetación y vida marina. Recorrió la estructura en línea recta, lentamente, cuidando de no rozar la superficie. La enorme forma estaba volcada de costado, sobre su lado de estribor y dejaba al aire el vientre combado.
Encontró lo que buscaba justo en la quilla del barco. Por las formas que la luz revelaba podía hacerse una imagen mental del buque. Se trataba de un U-Boot alemán de la Segunda Guerra Mundial.
En uno de los paños que formaban la superestructura, encontró un hueco poco profundo que iluminó para asegurarse de que no ocultaba ningún peligro. Dentro se escondía un aro unido a un eje central. Probó moverlo pero no obtuvo resultado. Golpeó con el cuchillo y volvió a probar. Hizo el intento varias veces siendo consciente de que no podía maltratar la pieza. Llevaba sumergida treinta años y no era conveniente romperla.
Haciendo palanca con la hoja del cuchillo introduciéndola entre los rayos del aro, logró que se moviera. Giró cada vez más liberado hasta que pudo hacerlo girar como un volante y unas compuertas dobles se abrieron de par en par frente a sus ojos. En la cavidad se podía introducir la caja y asegurarla.
Al lado del compartimiento de mayor tamaño había otro más pequeño. Contenía un cofre del tamaño de un maletín como el que usan los pilotos de aerolíneas. Estaba en su lugar, intacto, y con los sellos sin romper. Quien rescatara la caja debía llevarse ese cofre si quería llegar a algún lado. Ató el cordel naranja que traía a la rueda de apertura. Se guiaría de regreso por él y luego volvería aquí de la misma forma. Se alejó en busca de la caja.
La desenganchó del aparejo y utilizó el mismo arnés que la envolvía. Enganchó un grueso mosquetón de acero que sobresalía de una bolsa plástica amarilla. Le aplicó un poco de aire de su boquilla y la bolsa se hinchó convirtiéndose lentamente en un globo de recuperación para levantar restos del fondo marino, solo que aquí la intención no era llevarlo a la superficie. Simplemente darle un poco de flotabilidad para poder moverlo con mayor comodidad. La caja se despegó dócil del suelo. Lamar conocía la cantidad de aire necesaria para ejecutar la operación con precisión. Empujó la caja en la dirección que el cordel naranja indicaba.
Un poco más de aire aplicado al globo ayudó a que la caja se elevara sola hasta el nivel de la abertura. El hueco estaba preparado para colocarla de frente, como un nicho. Lo único que Lamar tuvo que hacer fue calzar una de las cabeceras con el hueco, luego empujar. Y listo. La caja entró en la abertura y se deslizó hasta el fondo. Cuando llegó al final del recorrido, un ruido sordo reverberó por toda la estructura que se la había engullido. Trabó las sujeciones que la mantendrían en su lugar aún con las puertas abiertas y luego giró a la inversa el volante para que las compuertas se abatieran sobre sí haciendo desaparecer el contenedor de acero que había iniciado su recorrido en Bruselas para terminar en las profundidades del Mar Argentino.
Misión cumplida. Una tarea que su familia había jurado cumplir treinta años atrás, estaba completa. Ahora su propia familia, mujer e hijos, quedarían con una posición asegurada de por vida, y sus camaradas se ocuparían de que nadie viniera por ellos. Llegaba la hora de volver y completar el último detalle.
Lamar controló su reloj antes de ascender. Podía estar treinta minutos a veintisiete metros de profundidad sin necesidad de hacer descompresión al salir. Todo el proceso le había insumido veintidós minutos, le quedaban ocho de reserva. Pero tomó el resguardo de hacer un par de detenciones. Por precaución. No sea cosa de que un accidente imprevisto eche por tierra un plan de treinta años.
En el barco todo estaba en orden. La tormenta había ganado altura. Ahora estaba a mitad de camino entre el horizonte y su cabeza. Soltó la cuerda e hizo caer por la borda lo que contenía el carretel del aparejo en lugar de arriarlo.
Puso en marcha el motor y trabó los controles poniendo rumbo directo a mar abierto y a media máquina. Según sus cálculos el barco recorrería unas cuarenta millas náuticas antes de agotar el combustible. Aunque tal vez las válvulas abiertas lo inundaran antes de lo previsto y se iría a pique más cerca.
No importaba. Más lejos o más cerca, el barco se hundiría a una profundidad de la cual nadie lo rescataría y menos aún lo encontraría. Se desnudó y quemó en un barril con combustible su ropa y su traje de buceo. El equipo lo fue descartando a medida que el barco avanzaba hacia mar abierto. EL aire se llenó de un olor acre cuando la goma del traje entró en contacto con el fuego. Desnudo recorrió las bodegas abriendo válvulas que permitían el ingreso de agua y controlando que ésta invadiera las entrañas del barco sin impedimentos. Cuando estuvo seguro de que el daño era irreversible, volvió a cubierta dejando todas las puertas de los compartimientos abiertas. La planta motriz seguía impulsando, por ahora, al barco mar afuera.
Y entendió que había llegado el momento.
Acomodó un bloque de cemento del tamaño de una maleta grande cerca de la portilla de popa, abierta a propósito para facilitar el deslizamiento. El bloque tenía una anilla que sobresalía de su superficie. Unida a ella, una gruesa cadena recorría unos tres metros hasta terminar en unos toscos grilletes que Lamar ajustó a sus tobillos.
Se cuadró firme sobre cubierta y se tomó un momento para observar el resplandor de la tormenta. Después inspiró profundamente atrayendo para sí el olor del mar que tanto le gustaba. Abrió los ojos y mirando a la tormenta gritó extendiendo su brazo izquierdo:
- ¡Heil Hitler!
Acto seguido introdujo el cañón de una vieja Walther P-38 en su boca y se disparó un tiro que le perforó el paladar e hizo que su cráneo estallara.
El cuerpo cayó laxo sobre la cubierta que empezó a llenarse de sangre y masa encefálica, en tanto el pesquero seguía navegando raudo hacia su tumba definitiva. Un poco más adelante se hundiría y cuando perdiera el equilibrio de su eje longitudinal, el cuerpo de Lamar se deslizaría a las profundidades llevado por el peso del bloque al que se había atado.
Con el correr del tiempo, el agua y los peces darían cuenta de sus restos, y nunca más ni él ni su barco volverían a ser vistos o hallados. El secreto de la caja y el naufragio estarían a salvo.


martes, 18 de agosto de 2015

Entregas de "Operation Sea Wolf" - El Libro




Tal cual me comprometí en la nota del domingo, "Operation Sea Wolf" será publicado aquí para la lectura por parte de los visitantes del blog, a partir del Miércoles 19 próximo a razón de un capítulo por semana.
Es probable que en la progresión del tiempo, ésto pase a miércoles por medio para lo cual deberán visitar el sitio y enterarse de las novedades.

La primera entrega entonces, éste miércoles 19.
No olviden volcar sus opiniones para saber que les resulta la historia...

domingo, 16 de agosto de 2015

Hace Mucho Que No Escribo... (Aquí)


 

De Cómo Se Gestó La Cosa...




Las alturas que rodean a Puerto Pirámides marcan el inicio de la exploración de ese día.

Hace rato que no escribo nada de lo que usualmente se ve aquí. No obstante eso, sí he estado escribiendo. Siempre lo hago.
En realidad, nunca dejo de escribir. Lo que cambia es el hecho de hacerlo de manera privada, para mí, más personal, más íntimo...

Los que recorren este humilde sitio a menudo, recordaran la mística experiencia de conocer a uno de mis ídolos de mis años adolescentes, lo cual derivó en una situación muy curiosa... (ver http://bit.ly/149aWkw "Como Superhéroe..." y http://bit.ly/1gMKHad "Hemos Leído...")

A principios de éste 2015, en una de las tantas charlas epistolares mantenidas con Mr. Collins, el célebre autor de historietas me desafía arrojándome un guante al rostro... "¿Se anima a escribir una novela negra?" Pregunta...
Yo, desconocedor absoluto del género e inconsciente literario, respondo que sí, por supuesto, cómo no me voy a animar... 
"Bueno" me dice paciente el buen hombre "... pues hay un concurso muy interesante donde debería presentarse y participar..." Y así fue como empezó la interesante aventura de escribir, prácticamente por encargo, una novela negra en sesenta días.

El desafío fue arrojado sobre la mesa por la primera quincena de enero. Por el veinte de ese mes yo tenía raleado el trabajo y pude dedicarle unos días al bosquejo de la idea y arrancar desde un primer planteo, que fue mutando con el correr del tiempo. 
Lo que vino después, como la mayoría de las veces ocurre en esto, fue mágico:  la novela cobró vida propia y empezó a moverse per se, a ir hacia donde le parecía. Lo único que yo hacía era seguirla y relatar lo sucedido.
Así se acumularon las páginas y un grupo sumó otro y así se formaron capítulos y los capítulos formaron una trama, que a su vez se pulió convirtiéndose en una historia con continuidad, para terminar teniendo cohesión y formando un todo llamado novela.
"Operation Sea Wolf (Las Mujeres No Eligen Perdedores)" fue el nombre con que quedó bautizada.

El trabajo comenzó en una casa de Olivos, mientras oficiaba de casero a medio tiempo, y terminó de ver la luz en una apacible cabaña de Puerto Pirámides, mientras un viento sur endemoniado empujaba el mar sobre el pueblo y amenazaba con acercar a éste varios kilómetros a Puerto Madryn.
De hecho, el final de la novela transcurre allí y algunos de sus pobladores son protagonistas de ficción, sacados de la realidad. Pequeños permisos que el escritor se toma cuando algunos seres caen en sus intrincadas redes de sociabilidad...


Travesía por las dunas y el desierto que separa a Pirámides de Pardelas, un lugar de ensueño...



"Operation Sea Wolf" En Marcha



Hacía tiempo que planeaba unas vacaciones en Pirámides, aislado del mundo y dedicado por entero a solo dos cosas: caminar explorando los alrededores y bucear.
El tema es que tenía una novela a medio cocer entre manos y que debía entregar a fines de marzo, una semana después de volver de mi viaje. No hubo opción.
Adelanté todo lo que me salió durante el mes de febrero y con medio libro escrito y sin idea clara de cómo seguía o dónde terminaba, me lo llevé conmigo y lo seguí trabajando durante las tres semanas que estuve en Pirámides.
La rutina era cada día la misma: levantada temprana, con los primeros rayos de sol, consultar el clima mientras pasaba el mate, partida para el lugar elegido alrededor de las ocho con el equipo de buceo al hombro y perderse en el mar hasta que se emprendía la vuelta a eso de las seis y media, siete de la tarde. Ducha y limpieza de equipo y luego sí, un capítulo o al menos medio por noche mientras alternábamos con la patrona los quehaceres culinarios. El Cinzano Rosso combinado con jugo de pomelo amenizaba la creación y la cocina diaria, a base de frutos de mar, nos contenía y daba ánimos y nuevas ideas...

Para el momento de volver, "Operation..." estaba terminada y con la primer corrección hecha, gracias a los oficios de mi esposa, mi lectora inteligente, que había colaborado y trabajado a la par, leyendo y corrigiendo cada detalle de la historia.
El resto fue orden. Una semana antes de la entrega chequear el manuscrito final, ordenarlo, registrarlo, imprimirlo y entregarlo para que sea lo que Dios quiera... Como siempre es.


No gané el concurso. 
Ni siquiera estuve entre los primeros seleccionados. 
Pero la moraleja de la historia, como dijo mi mentor, es que saqué chapa de oficio de escritor. 
Fui capaz de escribir una buena historia, también a su crítico juicio, en un tiempo limitado, cumpliendo con las pautas impuestas y cerrando una historia fuera de los límites en los que usualmente me muevo. 
Transité con éxito, según él, un terreno que me era desconocido... Y salí airoso, también según su autorizado criterio.
Ahora la criatura, con forma de libro, discurre sus días pasando por algunas manos que están viendo si cosecha agrado como para editarse...


Buscando la historia en aguas cercanas a Pardelas... Una experiencia sobrenatural
que experimento desde hace casi cuarenta años...



Un Final... ¿Feliz?


La nota del domingo del diario "La Nación" (http://bit.ly/1ITNxEa) me llamó la atención. 
"Cómo ser un Escritor Conocido: Manual Para Recién Llegados" se llama; no terminé de leerla que me vine aquí a escribir esto.
¿Con que objetivo? compartir con quienes frecuentan el sitio mi novela... A ver que respuesta obtengo; a ver que cosecho...

La historia empieza en 1975, cuando un hombre solitario se adentra en el mar desde las costas patagónicas con una misteriosa caja de acero que carga en un pequeño barco de madera.
Cuarenta años después un hombre de negocios, argentino de ascendencia alemana, y una científica francesa contactan a un grupo de buzos locales en Buenos Aires para dar con el paradero de esa misma caja. Lo que los buzos no saben es que a partir del momento en que entran en el juego de la búsqueda, nada será lo que parece y las sorpresas saltarán a su encuentro a cada paso hasta descubrir el increíble secreto que la caja esconde.
En el medio, los servicios secretos alemanes, la CIA, el Mossad, empresarios locales y hasta servicios propios, sumados a una desconocida unidad de inteligencia nacional, empiezan a moverse alrededor de los buzos sin que éstos sospechen lo que se cuece entre bambalinas, a espaldas de la expedición. Como si todo esto fuera poco, la sombra de nazis escapados de Europa al término de la Segunda Guerra Mundial, acaba de ponerle marco a la cacería que termina en aguas de la Isla de los Pájaros, un paraje en Península de Valdez que supo visitar Antoine de Saint Exupery...


Veremos con el tiempo, que opinión le merece a los lectores el trabajo realizado...
En breve los primeros capítulos.
Hasta entonces y como siempre... Por leer, gracias, gracias, gracias.



Atardecer en Pardelas... El final de un día lleno de naturaleza y magia.