viernes, 18 de enero de 2013

Una Excursión a Las Alturas - El Mirador de Valle Hermoso.


Diciembre se iba dejando atrás dos nevadas notables sobre Las Leñas. La del 20 generó evacuaciones, rescates en los caminos altos y varios animales que aparecieron al día siguiente cuando el sol derritió el manto blanco. La del 24 fue menos severa, pero dejó lo suyo también.
Varias veces habíamos intentado tomar la ruta que encara hacia Valle Hermoso sin éxito; hasta que el 29, cuando el año se iba, un llamado avisó que 15:30 se salía de Las Leñas con ese destino. Si se decidía ir, esa era la cita.
El camino desde Malargüe se hace tomando al Ruta 40 hacia el norte hasta llegar a la bifurcación con la Ruta 222 y la antena que se yergue como un hito señalando el cruce. A la derecha uno encuentra, lejos, San Rafael, a la izquierda, el camino que se abre es de ensueño.
El final de la ruta como asfalto es la parte trasera de Las Leñas, a partir de allí comienza un camino que a veces se adivina gracias a la pericia del conductor que guía con mano experta la 4 x 4. Aunque parezca increíble, muchos autos de todo tipo, sin preparación, al mando de conductores que no conocen ni el camino, ni la ruta y menos la montaña, se aventuran como una gracia.
Más tarde son los que trabajan conduciendo las 4 x 4 los que los tienen que auxiliar bajándolos de la montaña, a veces hasta muy entrada la noche.

Lo dicho, la 222 hacia el norte en busca de Las Leñas es un viaje aparte. Primero el camino serpentea trepando entre paredes de piedras cuyos colores sorprenden a cada curva. Sea delante de los ojos, en la pared que acompaña permanente o en las laderas lejanas que se ven al otro lado del valle, el paisaje funde roca, agua, vegetación y cielo en una pintura increíble. Las detenciones se hacían frecuentes para guardar el recuerdo de lo que se veía.
Fuera de temporada Las Leñas es un pueblo fantasma. Al menos así lo vimos nosotros los dos días que pasamos, en diferente fecha. Lo primero que se recibe al visitante es la estación de servicio que siempre está disponible para brindar auxilio a quien lo necesite.
La primera vez que la visitamos, los encargados se entretenían entre cliente y cliente (tres horas de espera) paleando nieve fuera del sector de atención. Una´charla rápida nos da cuenta de la seriedad de la tormenta del día anterior. La segunda fue más atenuada, aunque no faltó la anécdota del caprichoso que pasó igual más allá de la villa y Gendarmería tuvo que auxiliarle la camioneta que había quedado en dos ruedas, inclinada contra el desfiladero, cuando intentó morder un escalón de nieve y encontró debajo un par de buenas piedras que lo sacudieron.
La cuestión fue que esta vuelta, la segunda, el camino estaba a punto para abordarlo. Seríamos de los primeros en transitarlo después de un par de días con sol a pleno y deshielo, así que allá fuimos.


Vista del paisaje desde la Ruta. A lo lejos, los techos de las casas de Los Molles, aldea de montaña increíble.

Los Molles, apenas un puñado de 15 o 20 cabañas y un complejo donde los celulares no funcionan, internet se conecta de a momentos y la T.V. Satelital es el nexo con la civilización.

Al llegar al lugar indicado, el grupo de viajeros sumaba seis más Luis, el conductor, un conocedor del terreno oriundo de San Rafael y experto conductor de 4 x 4. Los que ocupamos el resto de los asientos eramos Carlos y su esposa, un ingeniero de Buenos Aires, su hijo y su nuera, extranjera ella a quien su marido le iria traduciendo todas las peripecias y quien escribe y su mujer, compañera inseparable de vida, travesías y aventuras.
Breves comentarios e indicaciones, acuerdo del tiempo de viaje en ida y vuelta, elección de los asientos y ya Luís ponía en marcha el vehículo iniciando el traqueteo que nos llevaría a trepar la montaña.


Algunas de la maravillosas montañas que sorprenden a la vista en cada tramo del camino.

Dejamos atrás el asfalto para comenzar a trepar la montaña. Lo sobre elevado es la ruta, donde estamos tomando la fotografía es ya el ripio. Notese el desnivel.

En primer plano, una de las unidades con las que la gente del operador cuenta. Detrás, el Land Rover con el que llegamos a las alturas.

El camino de subida. Lo que se ve de piedras en primer plano es el límite del camino, después una corta barranca antes de la caída a pico de 700 mts. El ángulo de ataque del Rover, en algunos momentos, llegaba a los 30°.

Al princípio la mano experta de Luís nos hacía entrar en confianza guiando la camioneta a mano firme y paso tranquilo. El movimiento del bamboleo se suavizaba con la charla del mendocino y de paso, empezábamos a conocer de las historias que jalonan el trayecto.
Conocimos de la vida de los cóndores, del trabajo y el derrotero de los puesteros y sus animales, conocimos la historia de los pioneros que abriendo caminos, sesenta o setenta años atrás, quedaron para siempre en lugares marcados y visitados con respeto reverencial por los viajantes.
De a poco nos aproximábamos a los dos mil novecientos metros de altura. Buena marca. La nieve se empezaba a agolpar a los costados del angosto camino y en varias oportunidades, con buena dosis de teatralización para la foto, las ruedas del Rover rompían los bloques de hielo y levantaban cortinas de agua.
En otros momentos, caprichos del sol y el viento tal vez, la nieve respetuosa quedaba al borde del camino haciendo un firme escalón.
El paisaje cambiaba de forma permanente. Las rocas y la vegetación rastrera daba paso a laderas limpias, peladas. A su vez éstas cambiaban por otras cargadas de jirones blancos que obligaban a ajustarse los lentes de sol, a pesar de ser la cuatro de la tarde pasadas.
Los ojos no dan abasto. Usted se preguntará ¿tanto para ver siendo todo montaña y nieve, nieve y montaña? Y sí. Nunca uno ve hacia dos lados y encontrando montaña, roca, nieve, se ve lo mismo. El entorno impresiona, quita la respiración y seduce con su calma, el paso del viento y el calor del sol.



El primer punto fuerte es una especie de terraza a donde el Rover accede a fuerza de muñeca y potencia de motor. Primeras trepadas fuertes, el conductor avisa.
La sensación hace un vacío en el estomago. Luís apunta al cielo confiado y, sin que veamos hacia adonde vamos (la trepada son más de 30° y no se ve que hay después de la cima a la que se apunta) el Rover se lanza como una bestia enojada mordiendo la tierra y rasgando el ripio, terco, hasta asomar el morro y dar paso a la sorpresa y la falta de aliento.
Una meseta de redonda perfección se abre ante el vehículo y nos coloca en la altura, sin nada alrededor,  permitiendo ver todos los picos circundantes, de nieves eternas, que no son otros que los primeros de los Andes tan famosos. Uno de ellos es El Sosneado, el punto de referencia donde el avión de los rugbiers uruguayos cayó el viernes 13 de octubre de 1972.
La vista, imponente, obliga a fotografiar todos los ángulos posibles; mientras tanto yo aprovecho a colectar datos y abro la charla con Luís. Resultó ser que el hombre ya estaba en Las Leñas, en otra época y con otras obligaciones. Casi por casualidad se cruza con un vehículo todo terreno y empieza a cultivar el vicio haciendo cursos de conducción. Después el hobby se convertirá en pasión y de ahí a ser su medio de vida, solo hubo un paso. Hoy lleva varios años yendo y viniendo por el camino entre Las Leñas y Valle Hermoso hasta cuatro veces por día, cuando el tiempo lo permite, y sorteando las 84 curvas que hay en 450 mts. de desnivel que hay entre El Mirador, a donde nos dirigíamos, y el caserío del valle a orillas de las dos lagunas.
Basta de charla. Hay que volver al camino si no, no volvemos en horario. Todos arriba de nuevo.

Parte de la vista que brindaba El Mirador
Otro rato de recorrida y otra vez el golpe de efecto. Por si alguna vez hacen este recorrido, no voy a estropearle la diversión ni al que guía ni al que visita. lo que sí no voy a obviar es comentar que si la anterior vista suspende la respiración, lo que se ve desde aquí directamente la quita.
Y para evitar explicaciones vanas y palabras que no van a alcanzar para describir paisaje, belleza y sensaciones... Mejor las imágenes.

Este es El Tronador. Dicen los puesteros que durante las noches el pico truena, ruge. La amplitud térmica entre el día y la noche calienta y enfría la roca. Resultado, en el momento de menor temperatura la roca trabaja y el ruido se oye desde varios puntos.

Vista panorámica del punto al que se llega luego de trepar la montaña. Notese a la derecha, el inicio de la bajada hacia el valle, parte de las 84 curvas mencionadas.

Increíble vista del Valle Hermoso con las dos lagunas y el caserío, minúsculo, en el margen derecho. Todo vigilado por El Tronador.

El tiempo no alcanza para disfrutar de la vista. Uno quisiera quedarse el día entero allí arriba... ¡Pensar que hay gente que "trabaja" subiendo aquí a traer gente varias veces en una jornada laboral!
No. Imposible de entender y a la vez, enorme de conciliar con la rutina que cada uno de nosotros lleva en su realidad cotideana.
La hora marca la necesidad de la vuelta. Sacamos las últimas fotos, recorremos todo lo que podemos, tratamos de grabar en la memoria todo lo que podemos y cuando ya no podemos estirar más la estadía, le damos la espalda al valle y cerramos las puertas del Rover tratando de no mirar atrás. La tentación de bajarse es grande.

Lo que pasa (y uno no lo sabe para ese momento) es que parte del apuro atiene a que Luis tiene una sorpresa o dos para la vuelta.
Los tiempos en la montaña son respetados a rajatabla, como lo son en la mayoría de las actividades extremas o de cierto riesgo. Si uno queda en volver a las seis de la tarde, el momento de la llegada es las seis de la tarde. Si a las seis y media no llegaste, alguien va a salir a buscarte.
Luis encaró preguntando si alguien había tomado el tiempo que se había tardado en llegar hasta allí. No. Nadie reparó que saliendo a las 15:30 eran ahora las cinco de la tarde pasadas. Las 18:00 Hs. era el límite de tiempo para estar de vuelta en el punto de salida.
Dos avisos: Pararíamos en un río de deshielo para poder probar la refrescante sensación de beber agua pura 100 % ¿que tal? El segundo, el viaje que de subida nos llevó hora y media... de bajada lo haríamos en media hora.
¿De qué manera?
Paramos en el río y no solo nos dimos el gusto de beber ahuecando las manos, hemos colectado una cantimplora que está a buen resguardo llena de ese agua especial, la cual se irá tomando de a sorbos para recordar por algún tiempo el momento.


Arriba y abajo. La vertiente de donde disfrutamos el agua más pura que se pueda encontrar.


Ahora sí, la excursión tocaba a su fin. No más distracción ni demoras. Viaje directo de la altura de Valle Hermoso al complejo Las Leñas.
Luis encaró el camino metiendo marcha una tras otra hasta que la cola del Rover empezó a corcovear y a irse de la huella. Empezaba el descenso prometido.
Saltos, bandazos, patinadas contra los bordes de nieve, piedras que salpicaban al vacío cuando las curvas se tomaban como veníamos y las ruedas de atrás quedaban casi en el aire. Y en un momento, perfectamente precedido por lo anterior, el conductor avisa que nos falta el tiempo por lo cual está obligado a tomar un atajo. ¿Atajo dijo? ¿Por dónde un atajo?
El volantazo que dio a la derecha nos pegó a todos contra un costado. El buen hombre había salido del camino y lanzó al Rover en una carrera loca a campo traviesa por la ladera de la montaña...
Imposible describir la sensación de terror viendo el vacío del desfiladero que aparecia y desaparecia según el morro de la camioneta se hincaba hacia tierra o apuntaba al cielo, combinada con la adrenalina y la admiración de ver como el hombre a cargo (nunca yo más convencido de que se trataba de un verdadero experto en lo suyo) hacía con el vehículo prácticamente lo que quería.
Increíble. Hasta tuvimos tiempo de ver las rocas plagadas de fósiles ¿Cómo? No lo se. Lo que sí se es que lo que disfruté de esa bajada enloquecida, no tuvo parangón con nada anterior. Si me quedaba un par de días más, era número puesto para repetir la experiencia.
Conclusión:
Si van para ese lado, ubiquen a Roberto (el responsable de toda la movida) o pregunten por Luis, todo desde Malargüe. No hay chance de arrepentimiento. Garantizado. Si no lo encuentran, Patricia de Cabañas Luz de Plata puede darles una mano.

Van a haber muchas más Crónicas de Malargüe y alrededores en lo sucesivo...


Fósiles en las rocas vistos de bajada desde El Mirador de Valle Hermoso.


sábado, 12 de enero de 2013

Historias de Infancia

Hace tiempo estoy girando en torno a la idea de escribir acerca de como era mi vida de chico.
No se si ir por el lado biográfico, de hecho es inevitable en cierto punto, o por el documental porque me seduce más la idea de contar que se vivía, que pasaba, a fines de la década de los sesentas y principio de los setentas, visto hoy desde la experiencia de alguien que nació ni bien arrancó 1963.
Entonces empecé a abrir la mente a los recuerdos y éstos empezaron a venir en procesión. Y de verdad que son muchos. Me dediqué un tiempo a observarlos y disfrutar de ellos, y después empecé a entender que para ser claro debía ordenarlos. Y se ordenaron solos, como si fuesen dóciles a este servidor que los trató siempre con sumo respeto y deferencia. No porque sea nostálgico, más bien por ser respetuoso de la historia: nadie, individuo o sociedad, puede ser completo y entender de donde viene, hacia dónde vá y cómo lo hace, si no respetamos nuestra historia. La memoria merece el mismo tratamiento.
Así la lista se fue armando por temas: el barrio, los vecinos, los amigos, la escuela, los compañeros. Mi propia familia, las costumbres de la casa, la abuela (institución en todo hogar de aquella época, hoy dejada de lado, arrumbada en algún buen geriátrico), los juegos, las distintas etapas del año, cada una con sus particularidades... Y ahí me dí cuenta que tenía un paño enorme para cortar y entreverarme en esto de escribir, que es lo que más me gusta.
Total da lo mismo una novela que un ensayo, si en definitiva la idea es despuntar el vicio. Contar historias. Y dado que se ha perdido o es incómodo mantener el oficio de "storyteller", como los llamaban en algunas culturas de antaño, hoy lo práctico es esto que tiene usted delante suyo: una ventana en donde yo pongo letras y mucha gente elige abrirla para ver que tiene adentro.
Así que, con la cadencia que marca el deseo de recordar, irán subiendo aquí distintas historias, todas hilvanadas por un factor común, mi niñez, y el mágico entorno que marcaba los límites del continente del que eramos ciudadanos: el barrio.


Creo que el barrio es un buen comienzo...

Como dije, vine al mundo un sábado de carnaval de febrero del 63. Lo hice en el barrio al que pertenece el cruce de las avenidas Francisco Beiro y San Martín, límite entre Agronomía, Villa del Parque y Villa Devoto.
Desconozco el lugar. Nunca me supieron decir, ni se me ocurrió preguntar, cual fue la clínica u hospital donde ocurrió el hecho, más importante para mí fue el lugar a donde me llevaron después. Un sitio por demás curioso... Claro que esto lo descubrí con los años.
El lugar se llamaba, creo que aún lo hace, "Villa Progreso". Un nombre un tanto presuntuoso para un sitio que en los últimos cuarenta años progresó muy poco. De hecho habría que investigar un poco más atrás para saber si cuando lo bautizaron así era más prometedor, o en realidad estaba en los principios de un proceso de desarrollo.
Lo cierto, como dije, es que el lugar evolucionó muy poco en todo este tiempo que pasó. Pero no por ello dejó de ser entrañable. Al menos para mi.
Para ubicarse, los límites del lugar (según los que lo habitábamos, mejores conocedores que los cráneos que miraban todo desde un escritorio en la Municipalidad) eran mas o menos definidos.
Las vías del ferrocarril Urquiza, que une Federico Lacroze con Campo de Mayo era una de las líneas de frontera. Con la estación Fernández Moreno como hito, de un lado de la vía estábamos nosotros y  del otro estaba Santos Lugares, parte componente del partido de Tres de Febrero. Y aquí la división era importante, porque no solo se trataba de una cuestión territorial a nivel barrio; lo era a nivel partidos. De la vía para allá, al oeste, estaba Tres de Febrero. De la vía para acá, hacia el este mas o menos, era San Martín. Todo provincia de Buenos Aires, pegados a la General Paz como la otra frontera vinculante.
Mirando hacia el norte, el otro límite lo ponía, a mi juicio, la calle Roma, camino derechito al cementerio de San Martín si uno tomaba por la actual H. Senet, que luego se convierte en Coronel Mom.
Roma era la calle importante que traía al colectivo 343 desde Ciudadela, pasando por Santos Lugares y la Basilica de Lourdes, para ir en busca de San Martín, Ballester, Munro y otros barrios que para mí en esos años sonaban igual de distantes que Marruecos o el Congo Belga. El tiempo quiso cambiarle elnombre por Hipólito Yrigoyen. De chicos nunca entendimos porque había que cambiarle el nombre a las cosas.
¿Podíamos nosotros hacer lo mismo y elegir llamarnos de otra forma?
Al sur, paralela a Gral. Paz, corría la otra calle importante por donde el 123 y el 237: Rodriguez Peña. Estos colectivos eran una marca registrada del barrio.
Y por último la calle que resta para cerrar el cuadrado era la denominada "Avenida Ancha" (en el idioma de la gente de allí) cuyo nombre siempre fue esquivo y que recien con el asfalto se recibió de adulta y le pusieron uno definitivo. No recuerdo cual era. Para nosotros siempre fue la Ruta 8, dado que era la continuación ininterrumpida de esta arteria que venía derecho desde Campo de Mayo y pasaba por la Coca Cola de Loma Hermosa, el cruce con la Avenida Marquez, el Policlínico de San Martín, el cruce con Tres de Febrero, Los Tribunales de San Martín y por último, la Avenida Guido Spano, en la que obligatoriamente había que meterse dado que allí la ancha calle de cuatro manos se convertía en una vía simple de una sola mano.
Hoy la llaman en un tramo Av. Ricardo Balbin, en otro Iturraspe (¿quién es?) y si no, como si hiciera falta otro, la 101.
Todo este benemérito territorio estaba incluído en una porción un poco más grande e importante que fuera del mismo era conocido como Villa Lynch.
Este era el barrio, y creo que sus límites se mantienen. De hecho... Una imagen vale mas que mil palabras. 



lunes, 7 de enero de 2013

Una Recorrida Por Malargüe - Regalar Te Trae Regalos

Una de las primeras cosas en la que pienso cuando viajo es que voy a traer de recuerdo de ese lugar.
Para hacerle honor al sitio, es imprescindible que sea algo local, tradicional, autóctono. Entonces uno empieza el meticuloso trabajo de prestar atención en las recorridas ubicando casas de artesanías que puedan cubrir esa necesidad.
En Malargüe, la Ruta 40 se transforma en Av. San Martín cuando toca la urbanización. Mas tarde, cuando se aleja, vuelve a ser la mítica 40, pero deja atrás un sin número de historias y gentes que cuando uno la transita en viaje ni se imagina.
Por suerte mi marcha se detenía en esa ciudad particular y de esa forma tuve la oportunidad de recorrer el lugar y sus rincones. De entre todos los que visité pareciera ser que el olfato de escritor y el instinto me depositaron al 300 de la Avenida, en un local amplio, enorme, cargado de miles de trabajos delicados, llamativos, que lo recibe a uno de brazos abiertos ni bien se traspasa la puerta.

Vista de Av. San Martín

Torre del Reloj

El Reloj es una pieza mecánica hecha en México a expreso pedido de la intendencia de la ciudad.

Otra vista de la Avenida.

Los ojos no alcanzan para ver tanto. Mates de cientos de terminaciones diferentes. Exquisitos cuchillos trabajados a mano cuyos cabos son de variados orígenes. Madera, astas, combinaciones con bronces, trabajos en plata, alpaca y peltre. 
Pasa pañuelos, cerámicas, tablas de maderas, tejidos, sombreros, llaveros, agendas de papel reciclado y lápices de colores hechos con ramas de árbol... Imposible recordar todo. Pero lo que no se olvida es la característica común a todos y cada uno de los objetos exhibidos: la delicadeza y la calidad del trabajo que los forjó.
Patricia y Laura Laferte hacen parte de ese trabajo delicado y calificado. No son artesanas en sí, pero su tarea tiene mucho de artesanal: atienden las demandas de los clientes y los tratan como si los estuviesen recibiendo en el living de su propia casa. Su guía experta y conocedora ayuda a recorrer el lugar sin marearse pero a la vez sin perderse nada de lo que hay. Indagan sobre gustos y orientan hacia lo que corresponde. 
La charla con estas simpáticas mendocinas, tía y sobrina me entero en el discurrir de la conversación, es amena y sale sola. Conocedoras del paño e incansables socializadoras, nunca les falta la letra necesaria para que la comunicación no se corte.
Lo notable de esta situación se me pone de relieve solo después de un rato: me doy cuenta de que siempre lo que prima es el comentario justo y medido, preciso, nada falta ni sobra. Por lo general soy más de mirar y que me dejen solo y tranquilo; prefiero encontrar solo sin que me invadan. Esa era la diferencia.
Patricia y Laura estaban ahí siempre que uno levantaba la cabeza, pero jamás iban a interrumpir en el proceso que la curiosidad envuelve al que busca.
Peligroso para el bolsillo y la economía personal... La buena atención empuja a satisfacer todos los gustos que a uno le afloran, la consecuencia es que los objetos se amontonan en el mostrador...
Pero la vuelta de tuerca iba a venir después.
Mientras uno revisa lo mencionado, las chicas invitan con unos alfajores de chocolate que son de antología y habilitan el paso al otro lado del local principal ¿qué hay allí? Una medida pero notable exposición de otro tipo de artesanías. Las culinarias. Dulces en mermeladas de los más variados gustos, puros aceites de oliva que daban ganas de probarlos de la botella, botellas de vinos de autor con etiquetas numeradas y cada uno con su historia propia, escabeches, conservas, alfajores, chocolates... 
Entonces, por cuestiones de trabajo (las chicas están ocupadas adelante) la propia dueña se acerca solícita y no duda en ofrecer todo lo que puede en pos de satisfacer al cliente curioso.
Nilda Quiles lleva las riendas del lugar; es una mujer vivaz, de sonrisa generosa y ojos que expresan el apasionamiento por lo que hace. No podría imaginarla en otra cosa que no fuese rodeada por esa atmósfera mágica de creación y energía vital trasladada a los objetos por quienes los crearon. Es como si el lugar hubiese sido hecho a su alrededor y no a la inversa. 
La simpatía es la misma que vi antes, la medida equilibrada en la atención parece calcada de Patricia y Laura. Y, es obvio. La que marca el estilo es ella.
Como no podía ser de otra forma, la charla sale fácil. Me entusiasmo y pregunto, no me permito perderme la oportunidad de saber y a aprender. Me fascina tener la oportunidad de tomar todo lo que puedo de quien gentilmente me permite conocer como es su cotideaneidad, su trabajo, lo que hace. Pocas veces uno se topa con gente que hace lo que ama y ama lo que hace; y se debe estar atento, esas posibilidades no se dejan pasar.
Nilda es lectora. Ávida y del mismo tipo de literatura que a mí me interesa. Descubrimos que hemos leído a los mismos autores, casi en el mismo momento temporal ¿puede haber más motivos para decir que entrar a ese lugar fue como oír un llamado instintivo? 
Nos despedimos desgranando lo mejor de lo escrito por Wilbur Smith al final de la década de los setenta y quedo en la promesa de regalarle mi novela. No me pierdo la oportunidad de escuchar la crítica de alguien que sabe y puede aportarme mucho...

"Casa de Campo" está al 300 de la Avenida San Martín en Malargüe y si quieren preguntar algo escriben aquí casadecampomgue@gmail.com y lo hacen. 
No se pierda de pasar si va por allá y no le recomiendo que vaya buscando comprar regalos. 
Solo pase y déjese llevar tratando de encontrar cada cosa que mencioné aquí, de seguro se traerá con usted mucho más de lo que usted le traerá a otros.
Como dije al principio, y aunque parezca mentira, regalar trae regalos.
¡Ah...! Un párrafo aparte... Si visita el lugar, no deje de preguntar por Pepe y salúdelo. Se va a recordar de esta nota...