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viernes, 8 de febrero de 2013

Una Excursión Para Sentirse Indiana Jones

Los Castillos de Pincheira. 
Suena importante ¿no? ¿Alguien sabe de que se trata? Pues sería interesante investigarlo. Pero más interesante aún sería poder visitar el sitio donde se erigen.
¿Que son los Castillos de Pincheira?
27 kilómetros al oeste del cruce entre la Av. San Martín (RN40) y el cruce con la calle Fortín Malargüe, se yergue sobre la margen opuesta del camino que se transita una formación rocosa de peculiar aspecto que se conoce con el nombre de Castillos de Pincheira.
Al lugar se llega luego de recorrer un sendero de ripio seco y polvoriento; tal vez uno de los más tediosos de recorrer en todo Malargüe, pero vale la pena cada tramo por el hecho de llegar a destino. La ruta serpentea y cruza vados. Muestra taludes de tierra a ambos lados del camino desde donde aparecen de vez en cuando algunos animalitos curiosos. Un par de mulitas, o similares, nos han salido al paso y hemos tenido que esperar pacientes el cruce de grupos de chivos que liderados por el macho correspondiente recorría el lugar en busca de alimento.

Las piedras hacen resonar los bajos del vehículo y el mundo desaparece en el espejo retrovisor a causa de la polvareda impenetrable que el paso de las ruedas levantan y forma una nube. Depende la velocidad que le imprimamos, el viaje puede durar unos cuarenta minutos si se va tranquilo y con paciencia. Las sorpresas no son recomendables cuando se atraviesan 30 Kmts. de desierto.
Las formas se distinguen de golpe contra la monotonía del cielo. Unos picos serrados que parecen mesas a las que le cortaron dos patas resaltan contra el resto del paisaje: Esos son los castillos.
En medio de cerros de cuerpos cónicos y picos redondeados, el viajero no puede menos que maravillarse con esas formaciones que parecen implantadas desde otros lugares. El paisaje me hace pensar en varias posibilidades. Un cuadro lunar, los lugares por los que Indiana Jones desgrana sus aventuras o las tristemente célebres imágenes de tierras afganas tan de moda a partir de la guerra.
El camino nos deja a las puertas de un camping que ya desde la entrada me roba una sonrisa. Eso me gusta.
Un cartel pintado a mano, con letras prolijas y caligrafía con autoridad avisa que en ese lugar se cultiva la paz, los buenos modos y la paciencia; el andar tranquilo, las buenas formas y el respeto por los demás  Entonces, y como corolario de lo expuesto, invita quien lo escribe a que el viajero no trasponga el umbral si no comulga con estas formas o no se siente capaz de respetarlas ... Así de simple. Así de clarito. Así de franco.
Entramos nomas. Y no nos echaron; prueba de que cumplimos todos y cara uno de los requisitos exigidos.
Encontramos a la gente del lugar en pleno despliegue de trabajo; estaban a contra reloj del inicio de la temporada, luego del 31 de diciembre y lo que había por hacer era mucho.
La simpatía y la buena onda de las chicas a cargo del lugar hizo que dos veces más volviéramos a disfrutar de la tranquilidad y el sosiego que guarda el lugar.

Un camping enorme con pileta, lago, cascada  río y hasta puente colgante artesanal y de madera, tiene el lugar para maravilla de los visitantes. Un parque espectacular que no terminaba nunca y la visita permanente de los verdaderos dueños del lugar, que recorrían todo el espacio a sus anchas acercándose a ver quienes eran los extraños que venían de visita. Patos, caballos y una buena bandada de pájaros se acercaban con la docilidad de quien domina el ámbito a ver que hacíamos de nuestra vida.
Las fotos testimonian mucho mejor que yo el hecho.

Pero vamos un poco a la historia, a saber el porque del nombre y lo que se cuenta del lugar. Según el relato de los lugareños, y otras fuentes consultadas, Pincheira era el nombre de una familia cuyos hijos varones formaban una banda de ladrones y cuatreros que asolaron la región entre 1818 y 1832, tanto del lado chileno como del argentino. De hecho, los Pincheiras, eran de nacionalidad chilena. Su cabeza era el viejo Don Martín Pincheira, padre de seis hijos, cuatro varones y dos mujeres, de nombres Santos, Pablo, José, José Antonio, Rosario y Teresa.
El clan abrazó la causa realista durante la guerra de independencia chilena, lo cual les valió la caza de patriotas chilenos que se empeñaron en rastrearlos y echarles el guante. Pero al parecer los Pincheiras eran gentes de recursos. No solo lograron escurrirse de quienes los perseguían: tuvieron el descaro de sumar gente a su causa y armar así un grupo que llegó a tener mil hombres a caballo, todos organizados bajo una férrea dirección militarizada. En su origen, eran campesinos en su mayoría quienes unían sus simpatías a los hijos de Don Martín, pero luego forajidos, presidiarios, fugitivos y bandidos locales se sumaron a sus huestes reforzando las filas y desafiando a las autoridades.
A partir de 1822 se alían a caciques pehuenches lo cual les permitía no solo refugiarse a sus anchas en un vasto territorio, además tenían libre tránsito por los pasos de todos los valles desde Neuquén a Mendoza y el cruce asegurado a uno y otro lado de la cordillera. Ésto colaboró a que mucho del ganado que salían a robar hacia la zona de La Pampa y Buenos Aires consiguiera refugio en esas tierras hasta tanto organizaban su paso a Chile con fines de lucro, para seguir financiando sus actividades.
Habiendo escapado por gracia de Dios de una muerte segura en una emboscada chilena, los Pincheiras deciden establecerse definitivamente de éste lado de la cordillera (raro ¿no? No se porqué me suena la misma historia 200 años después) con lo cual su área de influencia y correrías se extendió a las provincias vecinas. San Luís, Córdoba y Santa Fe sufrieron sus recorridas.
Cercados por reiteradas asonadas de los ejércitos, tanto chileno como argentino, se entregaron a manos del gobierno chileno que los indultó a cambio de parte de lo que habían obtenido en tantos años de fechorías. Siendo así que se asimilaron a la vida común, los Pincheiras terminan asentándose en las tierras que hoy llevan su nombre.
El agregado de Castillos vino después a colación de que las formaciones rocosas, contrastantes con el resto que las rodea, realmente semejan aquellas fortificaciones conocidas de la edad media en las cuales altas murallas se erigían rectas y enormes, encerrando poblados para ser protegidos.

Pincheiras en un lugar para disfrutar. Desde un asado a la sombra de los árboles, pasando por un día espectacular que puede disfrutarse en la enorme pileta con solarium, hasta el mundo de aventuras que se abre solo con cruzar el puente colgante sobre el río... Pero eso será tema de otra nota; por ahora, solo disfrutar de la belleza del paisaje a través de un recorrido fotográfico.
Después piensen si los 27 Kmts. de ripio valen o no la pena...


Una de las vistas de los Castillos. Desde la cima del que se ve en el centro se tomaron las fotos que se ven más adelante

Vista de una de las dos lagunas. La otra se ve detrás y a la izq. la piscina.

Otra vista desde la laguna pequeña.

La enorme piscina con el detalle de tener pintado el nombre en su fondo.

El grupo que salió a recibirnos en el camino

Los mismos pero apurando el paso por el susto.

Merendando en la tranquilidad del paisaje y muy cerca de la cámara.

Uno de los Castillos vistos desde la base. Después vendría la escalada por la cara a la izquierda

Piscina y solarium

Una vez ganada la cima, vista enfrentada. Se ven lagunas y casco del camping.

Otros amigos que recorrían el lugar en busca de pasto y agua




El puente colgante, paso obligado para iniciar el ascenso a la cima de los Castillos.

viernes, 18 de enero de 2013

Una Excursión a Las Alturas - El Mirador de Valle Hermoso.


Diciembre se iba dejando atrás dos nevadas notables sobre Las Leñas. La del 20 generó evacuaciones, rescates en los caminos altos y varios animales que aparecieron al día siguiente cuando el sol derritió el manto blanco. La del 24 fue menos severa, pero dejó lo suyo también.
Varias veces habíamos intentado tomar la ruta que encara hacia Valle Hermoso sin éxito; hasta que el 29, cuando el año se iba, un llamado avisó que 15:30 se salía de Las Leñas con ese destino. Si se decidía ir, esa era la cita.
El camino desde Malargüe se hace tomando al Ruta 40 hacia el norte hasta llegar a la bifurcación con la Ruta 222 y la antena que se yergue como un hito señalando el cruce. A la derecha uno encuentra, lejos, San Rafael, a la izquierda, el camino que se abre es de ensueño.
El final de la ruta como asfalto es la parte trasera de Las Leñas, a partir de allí comienza un camino que a veces se adivina gracias a la pericia del conductor que guía con mano experta la 4 x 4. Aunque parezca increíble, muchos autos de todo tipo, sin preparación, al mando de conductores que no conocen ni el camino, ni la ruta y menos la montaña, se aventuran como una gracia.
Más tarde son los que trabajan conduciendo las 4 x 4 los que los tienen que auxiliar bajándolos de la montaña, a veces hasta muy entrada la noche.

Lo dicho, la 222 hacia el norte en busca de Las Leñas es un viaje aparte. Primero el camino serpentea trepando entre paredes de piedras cuyos colores sorprenden a cada curva. Sea delante de los ojos, en la pared que acompaña permanente o en las laderas lejanas que se ven al otro lado del valle, el paisaje funde roca, agua, vegetación y cielo en una pintura increíble. Las detenciones se hacían frecuentes para guardar el recuerdo de lo que se veía.
Fuera de temporada Las Leñas es un pueblo fantasma. Al menos así lo vimos nosotros los dos días que pasamos, en diferente fecha. Lo primero que se recibe al visitante es la estación de servicio que siempre está disponible para brindar auxilio a quien lo necesite.
La primera vez que la visitamos, los encargados se entretenían entre cliente y cliente (tres horas de espera) paleando nieve fuera del sector de atención. Una´charla rápida nos da cuenta de la seriedad de la tormenta del día anterior. La segunda fue más atenuada, aunque no faltó la anécdota del caprichoso que pasó igual más allá de la villa y Gendarmería tuvo que auxiliarle la camioneta que había quedado en dos ruedas, inclinada contra el desfiladero, cuando intentó morder un escalón de nieve y encontró debajo un par de buenas piedras que lo sacudieron.
La cuestión fue que esta vuelta, la segunda, el camino estaba a punto para abordarlo. Seríamos de los primeros en transitarlo después de un par de días con sol a pleno y deshielo, así que allá fuimos.


Vista del paisaje desde la Ruta. A lo lejos, los techos de las casas de Los Molles, aldea de montaña increíble.

Los Molles, apenas un puñado de 15 o 20 cabañas y un complejo donde los celulares no funcionan, internet se conecta de a momentos y la T.V. Satelital es el nexo con la civilización.

Al llegar al lugar indicado, el grupo de viajeros sumaba seis más Luis, el conductor, un conocedor del terreno oriundo de San Rafael y experto conductor de 4 x 4. Los que ocupamos el resto de los asientos eramos Carlos y su esposa, un ingeniero de Buenos Aires, su hijo y su nuera, extranjera ella a quien su marido le iria traduciendo todas las peripecias y quien escribe y su mujer, compañera inseparable de vida, travesías y aventuras.
Breves comentarios e indicaciones, acuerdo del tiempo de viaje en ida y vuelta, elección de los asientos y ya Luís ponía en marcha el vehículo iniciando el traqueteo que nos llevaría a trepar la montaña.


Algunas de la maravillosas montañas que sorprenden a la vista en cada tramo del camino.

Dejamos atrás el asfalto para comenzar a trepar la montaña. Lo sobre elevado es la ruta, donde estamos tomando la fotografía es ya el ripio. Notese el desnivel.

En primer plano, una de las unidades con las que la gente del operador cuenta. Detrás, el Land Rover con el que llegamos a las alturas.

El camino de subida. Lo que se ve de piedras en primer plano es el límite del camino, después una corta barranca antes de la caída a pico de 700 mts. El ángulo de ataque del Rover, en algunos momentos, llegaba a los 30°.

Al princípio la mano experta de Luís nos hacía entrar en confianza guiando la camioneta a mano firme y paso tranquilo. El movimiento del bamboleo se suavizaba con la charla del mendocino y de paso, empezábamos a conocer de las historias que jalonan el trayecto.
Conocimos de la vida de los cóndores, del trabajo y el derrotero de los puesteros y sus animales, conocimos la historia de los pioneros que abriendo caminos, sesenta o setenta años atrás, quedaron para siempre en lugares marcados y visitados con respeto reverencial por los viajantes.
De a poco nos aproximábamos a los dos mil novecientos metros de altura. Buena marca. La nieve se empezaba a agolpar a los costados del angosto camino y en varias oportunidades, con buena dosis de teatralización para la foto, las ruedas del Rover rompían los bloques de hielo y levantaban cortinas de agua.
En otros momentos, caprichos del sol y el viento tal vez, la nieve respetuosa quedaba al borde del camino haciendo un firme escalón.
El paisaje cambiaba de forma permanente. Las rocas y la vegetación rastrera daba paso a laderas limpias, peladas. A su vez éstas cambiaban por otras cargadas de jirones blancos que obligaban a ajustarse los lentes de sol, a pesar de ser la cuatro de la tarde pasadas.
Los ojos no dan abasto. Usted se preguntará ¿tanto para ver siendo todo montaña y nieve, nieve y montaña? Y sí. Nunca uno ve hacia dos lados y encontrando montaña, roca, nieve, se ve lo mismo. El entorno impresiona, quita la respiración y seduce con su calma, el paso del viento y el calor del sol.



El primer punto fuerte es una especie de terraza a donde el Rover accede a fuerza de muñeca y potencia de motor. Primeras trepadas fuertes, el conductor avisa.
La sensación hace un vacío en el estomago. Luís apunta al cielo confiado y, sin que veamos hacia adonde vamos (la trepada son más de 30° y no se ve que hay después de la cima a la que se apunta) el Rover se lanza como una bestia enojada mordiendo la tierra y rasgando el ripio, terco, hasta asomar el morro y dar paso a la sorpresa y la falta de aliento.
Una meseta de redonda perfección se abre ante el vehículo y nos coloca en la altura, sin nada alrededor,  permitiendo ver todos los picos circundantes, de nieves eternas, que no son otros que los primeros de los Andes tan famosos. Uno de ellos es El Sosneado, el punto de referencia donde el avión de los rugbiers uruguayos cayó el viernes 13 de octubre de 1972.
La vista, imponente, obliga a fotografiar todos los ángulos posibles; mientras tanto yo aprovecho a colectar datos y abro la charla con Luís. Resultó ser que el hombre ya estaba en Las Leñas, en otra época y con otras obligaciones. Casi por casualidad se cruza con un vehículo todo terreno y empieza a cultivar el vicio haciendo cursos de conducción. Después el hobby se convertirá en pasión y de ahí a ser su medio de vida, solo hubo un paso. Hoy lleva varios años yendo y viniendo por el camino entre Las Leñas y Valle Hermoso hasta cuatro veces por día, cuando el tiempo lo permite, y sorteando las 84 curvas que hay en 450 mts. de desnivel que hay entre El Mirador, a donde nos dirigíamos, y el caserío del valle a orillas de las dos lagunas.
Basta de charla. Hay que volver al camino si no, no volvemos en horario. Todos arriba de nuevo.

Parte de la vista que brindaba El Mirador
Otro rato de recorrida y otra vez el golpe de efecto. Por si alguna vez hacen este recorrido, no voy a estropearle la diversión ni al que guía ni al que visita. lo que sí no voy a obviar es comentar que si la anterior vista suspende la respiración, lo que se ve desde aquí directamente la quita.
Y para evitar explicaciones vanas y palabras que no van a alcanzar para describir paisaje, belleza y sensaciones... Mejor las imágenes.

Este es El Tronador. Dicen los puesteros que durante las noches el pico truena, ruge. La amplitud térmica entre el día y la noche calienta y enfría la roca. Resultado, en el momento de menor temperatura la roca trabaja y el ruido se oye desde varios puntos.

Vista panorámica del punto al que se llega luego de trepar la montaña. Notese a la derecha, el inicio de la bajada hacia el valle, parte de las 84 curvas mencionadas.

Increíble vista del Valle Hermoso con las dos lagunas y el caserío, minúsculo, en el margen derecho. Todo vigilado por El Tronador.

El tiempo no alcanza para disfrutar de la vista. Uno quisiera quedarse el día entero allí arriba... ¡Pensar que hay gente que "trabaja" subiendo aquí a traer gente varias veces en una jornada laboral!
No. Imposible de entender y a la vez, enorme de conciliar con la rutina que cada uno de nosotros lleva en su realidad cotideana.
La hora marca la necesidad de la vuelta. Sacamos las últimas fotos, recorremos todo lo que podemos, tratamos de grabar en la memoria todo lo que podemos y cuando ya no podemos estirar más la estadía, le damos la espalda al valle y cerramos las puertas del Rover tratando de no mirar atrás. La tentación de bajarse es grande.

Lo que pasa (y uno no lo sabe para ese momento) es que parte del apuro atiene a que Luis tiene una sorpresa o dos para la vuelta.
Los tiempos en la montaña son respetados a rajatabla, como lo son en la mayoría de las actividades extremas o de cierto riesgo. Si uno queda en volver a las seis de la tarde, el momento de la llegada es las seis de la tarde. Si a las seis y media no llegaste, alguien va a salir a buscarte.
Luis encaró preguntando si alguien había tomado el tiempo que se había tardado en llegar hasta allí. No. Nadie reparó que saliendo a las 15:30 eran ahora las cinco de la tarde pasadas. Las 18:00 Hs. era el límite de tiempo para estar de vuelta en el punto de salida.
Dos avisos: Pararíamos en un río de deshielo para poder probar la refrescante sensación de beber agua pura 100 % ¿que tal? El segundo, el viaje que de subida nos llevó hora y media... de bajada lo haríamos en media hora.
¿De qué manera?
Paramos en el río y no solo nos dimos el gusto de beber ahuecando las manos, hemos colectado una cantimplora que está a buen resguardo llena de ese agua especial, la cual se irá tomando de a sorbos para recordar por algún tiempo el momento.


Arriba y abajo. La vertiente de donde disfrutamos el agua más pura que se pueda encontrar.


Ahora sí, la excursión tocaba a su fin. No más distracción ni demoras. Viaje directo de la altura de Valle Hermoso al complejo Las Leñas.
Luis encaró el camino metiendo marcha una tras otra hasta que la cola del Rover empezó a corcovear y a irse de la huella. Empezaba el descenso prometido.
Saltos, bandazos, patinadas contra los bordes de nieve, piedras que salpicaban al vacío cuando las curvas se tomaban como veníamos y las ruedas de atrás quedaban casi en el aire. Y en un momento, perfectamente precedido por lo anterior, el conductor avisa que nos falta el tiempo por lo cual está obligado a tomar un atajo. ¿Atajo dijo? ¿Por dónde un atajo?
El volantazo que dio a la derecha nos pegó a todos contra un costado. El buen hombre había salido del camino y lanzó al Rover en una carrera loca a campo traviesa por la ladera de la montaña...
Imposible describir la sensación de terror viendo el vacío del desfiladero que aparecia y desaparecia según el morro de la camioneta se hincaba hacia tierra o apuntaba al cielo, combinada con la adrenalina y la admiración de ver como el hombre a cargo (nunca yo más convencido de que se trataba de un verdadero experto en lo suyo) hacía con el vehículo prácticamente lo que quería.
Increíble. Hasta tuvimos tiempo de ver las rocas plagadas de fósiles ¿Cómo? No lo se. Lo que sí se es que lo que disfruté de esa bajada enloquecida, no tuvo parangón con nada anterior. Si me quedaba un par de días más, era número puesto para repetir la experiencia.
Conclusión:
Si van para ese lado, ubiquen a Roberto (el responsable de toda la movida) o pregunten por Luis, todo desde Malargüe. No hay chance de arrepentimiento. Garantizado. Si no lo encuentran, Patricia de Cabañas Luz de Plata puede darles una mano.

Van a haber muchas más Crónicas de Malargüe y alrededores en lo sucesivo...


Fósiles en las rocas vistos de bajada desde El Mirador de Valle Hermoso.


lunes, 7 de enero de 2013

Una Recorrida Por Malargüe - Regalar Te Trae Regalos

Una de las primeras cosas en la que pienso cuando viajo es que voy a traer de recuerdo de ese lugar.
Para hacerle honor al sitio, es imprescindible que sea algo local, tradicional, autóctono. Entonces uno empieza el meticuloso trabajo de prestar atención en las recorridas ubicando casas de artesanías que puedan cubrir esa necesidad.
En Malargüe, la Ruta 40 se transforma en Av. San Martín cuando toca la urbanización. Mas tarde, cuando se aleja, vuelve a ser la mítica 40, pero deja atrás un sin número de historias y gentes que cuando uno la transita en viaje ni se imagina.
Por suerte mi marcha se detenía en esa ciudad particular y de esa forma tuve la oportunidad de recorrer el lugar y sus rincones. De entre todos los que visité pareciera ser que el olfato de escritor y el instinto me depositaron al 300 de la Avenida, en un local amplio, enorme, cargado de miles de trabajos delicados, llamativos, que lo recibe a uno de brazos abiertos ni bien se traspasa la puerta.

Vista de Av. San Martín

Torre del Reloj

El Reloj es una pieza mecánica hecha en México a expreso pedido de la intendencia de la ciudad.

Otra vista de la Avenida.

Los ojos no alcanzan para ver tanto. Mates de cientos de terminaciones diferentes. Exquisitos cuchillos trabajados a mano cuyos cabos son de variados orígenes. Madera, astas, combinaciones con bronces, trabajos en plata, alpaca y peltre. 
Pasa pañuelos, cerámicas, tablas de maderas, tejidos, sombreros, llaveros, agendas de papel reciclado y lápices de colores hechos con ramas de árbol... Imposible recordar todo. Pero lo que no se olvida es la característica común a todos y cada uno de los objetos exhibidos: la delicadeza y la calidad del trabajo que los forjó.
Patricia y Laura Laferte hacen parte de ese trabajo delicado y calificado. No son artesanas en sí, pero su tarea tiene mucho de artesanal: atienden las demandas de los clientes y los tratan como si los estuviesen recibiendo en el living de su propia casa. Su guía experta y conocedora ayuda a recorrer el lugar sin marearse pero a la vez sin perderse nada de lo que hay. Indagan sobre gustos y orientan hacia lo que corresponde. 
La charla con estas simpáticas mendocinas, tía y sobrina me entero en el discurrir de la conversación, es amena y sale sola. Conocedoras del paño e incansables socializadoras, nunca les falta la letra necesaria para que la comunicación no se corte.
Lo notable de esta situación se me pone de relieve solo después de un rato: me doy cuenta de que siempre lo que prima es el comentario justo y medido, preciso, nada falta ni sobra. Por lo general soy más de mirar y que me dejen solo y tranquilo; prefiero encontrar solo sin que me invadan. Esa era la diferencia.
Patricia y Laura estaban ahí siempre que uno levantaba la cabeza, pero jamás iban a interrumpir en el proceso que la curiosidad envuelve al que busca.
Peligroso para el bolsillo y la economía personal... La buena atención empuja a satisfacer todos los gustos que a uno le afloran, la consecuencia es que los objetos se amontonan en el mostrador...
Pero la vuelta de tuerca iba a venir después.
Mientras uno revisa lo mencionado, las chicas invitan con unos alfajores de chocolate que son de antología y habilitan el paso al otro lado del local principal ¿qué hay allí? Una medida pero notable exposición de otro tipo de artesanías. Las culinarias. Dulces en mermeladas de los más variados gustos, puros aceites de oliva que daban ganas de probarlos de la botella, botellas de vinos de autor con etiquetas numeradas y cada uno con su historia propia, escabeches, conservas, alfajores, chocolates... 
Entonces, por cuestiones de trabajo (las chicas están ocupadas adelante) la propia dueña se acerca solícita y no duda en ofrecer todo lo que puede en pos de satisfacer al cliente curioso.
Nilda Quiles lleva las riendas del lugar; es una mujer vivaz, de sonrisa generosa y ojos que expresan el apasionamiento por lo que hace. No podría imaginarla en otra cosa que no fuese rodeada por esa atmósfera mágica de creación y energía vital trasladada a los objetos por quienes los crearon. Es como si el lugar hubiese sido hecho a su alrededor y no a la inversa. 
La simpatía es la misma que vi antes, la medida equilibrada en la atención parece calcada de Patricia y Laura. Y, es obvio. La que marca el estilo es ella.
Como no podía ser de otra forma, la charla sale fácil. Me entusiasmo y pregunto, no me permito perderme la oportunidad de saber y a aprender. Me fascina tener la oportunidad de tomar todo lo que puedo de quien gentilmente me permite conocer como es su cotideaneidad, su trabajo, lo que hace. Pocas veces uno se topa con gente que hace lo que ama y ama lo que hace; y se debe estar atento, esas posibilidades no se dejan pasar.
Nilda es lectora. Ávida y del mismo tipo de literatura que a mí me interesa. Descubrimos que hemos leído a los mismos autores, casi en el mismo momento temporal ¿puede haber más motivos para decir que entrar a ese lugar fue como oír un llamado instintivo? 
Nos despedimos desgranando lo mejor de lo escrito por Wilbur Smith al final de la década de los setenta y quedo en la promesa de regalarle mi novela. No me pierdo la oportunidad de escuchar la crítica de alguien que sabe y puede aportarme mucho...

"Casa de Campo" está al 300 de la Avenida San Martín en Malargüe y si quieren preguntar algo escriben aquí casadecampomgue@gmail.com y lo hacen. 
No se pierda de pasar si va por allá y no le recomiendo que vaya buscando comprar regalos. 
Solo pase y déjese llevar tratando de encontrar cada cosa que mencioné aquí, de seguro se traerá con usted mucho más de lo que usted le traerá a otros.
Como dije al principio, y aunque parezca mentira, regalar trae regalos.
¡Ah...! Un párrafo aparte... Si visita el lugar, no deje de preguntar por Pepe y salúdelo. Se va a recordar de esta nota...

viernes, 28 de diciembre de 2012

Diario de Viaje - Cañón del Atuel, Villa 25 de Mayo y Malargüe / Mendoza

De mi recorrido por lugares de Mendoza, tengo la intención en esta oportunidad de convertirme en cronista de viaje, dado que también es una forma de narrar aquello que sucede a lo largo de un derrotero.
He tenido la suerte de conocer gentes y lugares muy particulares; historias y personajes; curiosidades y sueños. Es mi compromiso tomado con cada uno de los que he conversado, hacer un relato detallado de todo lo visto y compartido. Por ello, cada historia, cada lugar y cada persona tendrá su espacio merecido, con la extensión que corresponde y la atención que le debo...
Así hablaré de Mabel y su historia tan particular en el camping Inti Wayra que administra desde hace más de veinte años al margen del curso del caudaloso Atuel, de su hijo Luciano y su nuera Johanna y la interminable paciencia y calidez que brindan.
De los chicos de Extremo, que siempre dispuestos ofrecen aventura y emoción en cada experiencia que proponen. De EUCA y su propuesta ecológica que a la vez que educa, divierte y hace poner el cuerpo en marcha.
De Mirta y Ariel, los incansables encargados de las Cabañas del Diamante en Villa 25 de Mayo; de Jessica y Romina Paez, a cargo de la Vinoteca Vendimia, que tan ricos vinos nos han hecho disfrutar; de Don Chiquito, legendario proveedor de asados no menos legendarios, quien se comprometía y cumplía en reservar mercadería de primera y con una atención fuera de lo común.
Que decir de los sandwiches de Jamón Crudo Casero del Restaurante Itatí o de los salames, jamones y quesos de la fábrica de artesanales.
La atención particular y dedicada de Patricia en las cabañas Luz de Plata, las artesanías de Nilda en la Casa de Campo, ambas en Malargüe, los paisajes inolvidables de los Castillos de Pincheiras, las cavernas entreveradas de Las Brujas o los pasajes laberínticos del Volcán Malacara.

Cada cual tendrá su espacio y su tiempo. El que se merece. De cada cual se contará la historia que nos unió y el porqué de la cita. Habrá fotos que ilustren y links que acerquen; por que el motivo de esto no es otro que hacer mención a mucha gente que, desconocida y alejada de los lugares que frecuentamos, hacen su trabajo en silencio, con una enorme responsabilidad, con una dedicación y un esmero que vale la pena poner de relieve. 
Sobre todo cuando detrás de todo está el trato afable y la calidez que es marca registrada de los que están en el interior argentino.

Vaya desde aquí la reiteración de mi compromiso de nombrarlos y de hablar sobre ellos... Deberán visitarme a menudo para que juntos vayamos descubriendo relatos; relatos que descubrirán una Mendoza oculta, íntima e interesante a través de su cotideaneidad y su gente.

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Viento en Malargüe

Hemos estado recorriendo el curso del Río Atuel, sus alrededores y la Villa 25 de Mayo, en las afueras de San Rafael, todo dentro de la provincia de Mendoza.
De la Villa 25 de Mayo iremos subiendo notas, fotos y videos para mostrar y hacer conocer esos bellísimos rincones del país como así también a su gente y sus historias.
Mientras preparamos el material, vaya este video de cómo nos recibió Malargüe en la mañana del 19 de diciembre...
Habrá más informaciones para este boletín...