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miércoles, 26 de agosto de 2015

Operation Sea Wolf - El Libro / Entrega 2





1-



Originalmente el nombre era John Randale (se pronuncia “randeil”) y era argentino, nacido en la Ciudad de Buenos Aires, pero como a los compañeros de colegio les resultaba ridículo, ellos lo llamaban Juan; a secas.
Y eso lo enojaba…
Así aprendió a convivir con su nombre original en su casa y con el otro fuera de ella. Pero siendo hijo de irlandeses, al menos por parte de padre, él tenía el convencimiento de que tenía derecho a llamarse y que lo llamen John. Y como casi nadie lo quiso entender debió aprender a agarrarse a trompadas desde chico. Y la elección dio sus frutos. Al poco tiempo entró a formar parte de una selecta cofradía que reunía a lo mejor de la Escuela Nro. 9 de Villa Ballester. Y aunque los años hubiesen pasado, y no de la mejor manera que le hubiese gustado, Randale o “El Irlandés” como también muchos aprendieron a llamarlo, se dedicó a transitar la vida con mucho de ese encabronamiento que de chico le generó el tema de su nombre.
Tipo frontal y de pocas pulgas éste irlandés nacido argentino que en esas primeras semanas de enero protestaba contra las adversidades que le tocaba afrontar. Fue por eso principalmente que cometió el error de seguirle la corriente al tipo que lo había llamado de parte de Finn “El Toro” O´Harey, un paisano que había conocido años atrás en Hamburgo y con quien había hecho buenas migas.
La gente como Randale no es fácil de convencer por teléfono, aun viniendo de parte de un conocido, y menos personalmente cuando no quiere entrar en razón. Pero este cabrón que lo llamaba tenía algo peculiar en su forma de manejar la palabra… Te enroscaba hábil y sin vergüenza.
- ¿Si? - Dijo Randale cuando atendió antes del cuarto pitido.
- ¿El señor John Randale? - La voz del otro lado del teléfono sonó sorpresiva. Si alguien quería congraciarse de entrada, lo mejor era arrancar llamándolo “John”. Pareciera como que quería agradarle el desconocido.
- ¿Quién lo busca?
- Lucius Binder. Tenemos un amigo en común, el señor O´Harey. Me dijo que podía llamarlo por una consulta.
- Sí, ubico a O´Harey ¿Por qué asunto es?
- Un trabajo de prospección. Bajo el agua. Me dijo que usted se dedica a eso.
Sí, entre otras cosas, Randale se dedicaba a prospecciones submarinas. Siempre y cuando las condiciones lo permitieran y el cliente aceptara pagar lo que él pedía.
- Es correcto pero por lo general no trato temas de trabajo por teléfono ¿Desde dónde me habla?
- Estoy en Buenos Aires. Alojado en el Microcentro ¿Éste teléfono al que lo estoy llamando es de Olivos, verdad?
No es que fuera un secreto saber que la característica 4794 correspondía a los alrededores de la Quinta Presidencial, pero que lo empiecen madrugando de esa forma, sumado al meloso “John”, ya lo puso de nalgas.
- Sí correcto. Y dígame una cosa señor Binder ¿tiene usted alguna referencia más concreta que la mención del nombre de O´Harey para verificar que él en persona lo recomienda? No me avisó nada ni estuve en contacto con él desde hace un tiempo.
- Si por supuesto, tengo una nota escrita de puño y letra. Algunas fotos también. No éramos íntimos pero tuve oportunidad de contratar sus servicios un par de veces… - Lo dijo como al pasar. De manera casual. Pero hubo un ínfimo detalle en la entonación que hizo que a Randale se le pararan los pelos de la nuca.
- Entiendo - Dijo cauteloso y sin dar lugar a mayor confianza - Hagamos lo siguiente, déjeme su teléfono o una forma de contactarlo y lo vuelvo a llamar. Necesito ver en qué momento podríamos encontrarnos.
- Me parece bien ¿toma nota?
Y así se hizo de una manera de ubicar al tipo. Y de paso se lo quitó de encima. Ahora él podría tomar la iniciativa y chequearle un par de datos antes de saber quién era y que quería.
Lo primero que hizo fue contactar al “Toro” O´Harey para pedirle referencias. En un mail conciso pero bastante extenso, “El Toro” le confirmó que él había hablado con Binder en Hamburgo antes de fin de año. Le comentó que viajaría a la Argentina en los próximos días y que necesitaba hacer una prospección en las aguas frente a las costas de un lugar en Rio Negro. Una estancia de buenas dimensiones que pertenecía a alguien relacionado a él, terminaba en el último tramo de tierras dentro de sus límites en ese sitio.
El tipo era alguna clase de asesor en planificación financiera vinculada a seguros; Randale jamás había oído hablar de eso pero entendía que en Europa desarrollaban ocupaciones que a veces tenían que ver con ciertas cuestiones particulares de sus economías o sus dinámicas sociales, muy distintas de las nuestras. “El Toro” tuvo el buen tino de pasarle un archivo con una foto junto a su respuesta. La cara que lo miró desde la pantalla de su computadora era la de un tipo de una edad indefinida en los cincuenta y pico. Poco pelo, mucha frente, rubio obvio, ojos claros, vivaces y una sonrisa sobradora, canchera. Era difícil decir que edad tenía con certeza. Pero se podía ver en general que la vida le había sonreído al tal Binder. No tenía traza de estresado.
Chequeó dos o tres cosas más y cuando estuvo conforme cerró la computadora y dejó para el día siguiente la devolución del llamado. Un trabajo como ese podía significar iniciar el año laboral con perspectivas más alentadoras que con las que contaba hasta ese momento.


*****


Del otro lado del mundo, en un cálido y bien arreglado piso frente al Drzewa Park, en Bergedorf, en las afueras de Hamburgo, un anónimo sujeto desconectaba la computadora portátil luego de enviar la respuesta a varias consultas que un tal Randale le hacía al pobre O´Harey.
El hombre envió a continuación un mensaje de texto que sería retransmitido a Binder en Buenos Aires avisando que la supuesta comunicación entre Randale y O´Harey ya se había hecho. Él no era O´Harey; se lo conocía como Barnes y jamás se cruzaría con Randale.
Barnes se calzó su abrigo, guardó sus pertenencias en el maletín y echó una mirada alrededor para cerciorarse de que todo quedaba en orden y nada mostraría su paso por el lugar. Cuando quedó conforme salió cerrando con la misma llave que había entrado.
Mientras él se disponía a regresar a su casa en Dover, Inglaterra, Finn “El Toro” O´Harey yacía frío y medio comido por los peces en el fondo de un lago de la Selva Negra alemana. Y John “El Irlandés” Randale jamás sabría eso.


*****


Hacía ya varios años que Randale elegía circular sin armas cuando la situación no lo exigía explícitamente.
Los chorros circulaban frente a los podridos servicios de “seguridad” nacionales con arsenales de guerra que serían la envidia de cualquier grupo paramilitar africano en aras de hacer un golpe, y nadie les hacía nada.
Ahora si a cualquier ciudadano normal, que por error creyera que tenía el derecho de protegerse, lo enganchaban con una .22 vieja y oxidada, se comía tantos garrones en los siguientes diez años que no le quedaban ganas ni de portar un gas pimienta.
Y ni que hablar si en defensa propia matabas a un caco. Mejor pedías asilo político en un país en serio.
Mientras tanto a diario, los noticieros se regodeaban mostrando cómo los delincuentes se tiroteaban a plena luz del día con la policía o mataban gente a diestra y siniestra sin que a nadie se le moviera ya un pelo. Encima algún candidato a presidente, pelotudo y trasnochado, salía a declarar que él se postulaba para traer “seguridad y tranquilidad”…
¿Qué pensaba… que lo esperábamos a él para que se cumplan esas necesidades?
¿Y todos los años que lleva en el gobierno en otras funciones distintas a la de presidente? ¿Por qué no hizo algo en todo ese tiempo…?

*****

Atravesó las puertas del hotel ubicado en la esquina de Maipú y Av. Córdoba dos días después del llamado de Binder. Se presentó en el mostrador y se anunció. Lo invitaron a tomar asiento luego de comunicarse con el huésped y avisarle que en unos momentos bajaría a encontrarse con él.
Se acomodaba en unos sillones del lobby cuando giró la vista por reflejo. Del ascensor venía un sujeto un poco excedido de peso, alto, vestido con traje azul, camisa blanca impecable y sin corbata. El poco cabello que tenía estaba bien acomodado. No usaba anillos ni nada exagerado a la vista, salvo un Rolex Oyster Perpetual Sea-Dweller 4000 en la muñeca izquierda.
Se acercó con la mano extendida y Randale se sintió un poco sorprendido ¿Cómo sabía que era él? Se paró por obligación y recibió a Binder.
- Señor Randale, un placer. Lucius Binder ¿Cómo está? Gracias por venir.
- No hay problema.
- Por favor - E indicó los sillones para sentarse. Se acomodó mientras buscaba a alguien de la plantilla de empleados para pedir algo de tomar.
Ordenaron sendas tónicas con hielo y limón; Randale nunca ingería alcohol cuando trataba cuestiones profesionales.
- La verdad le estoy muy agradecido por la rapidez de su respuesta.
- Tenía que resolver compromisos antes de vernos.
- Por supuesto, por supuesto…
- Bueno. Usted dirá en que puedo serle útil.
- Bien, sí. Verá, me dedico al asesoramiento acerca de planificación financiera e inversiones en el mercado de seguros. Atiendo demandas de clientes que buscan asegurar ciertos capitales a futuro, principalmente dirigidos a cubrir alguna necesidad puntual. Educación, retiro, renta, supervivencia… ¿Tiene usted seguro de vida, John?
Por una fracción de segundo lo miró por encima del vaso del que bebía y estuvo a punto de ir al cruce del avance que el otro hizo. Pero se reprimió. Quería constatar algo. Lo dejó pasar.
- No ahora. Lo tuve en otras épocas y ya lo rescaté…
- ¡Ah! - Dijo divertido Binder - Veo que domina la jerga.
- Simple información básica.
- Bueno como le decía, me dedico a resguardar capitales. Trato de sugerir colocar partidas en opciones que no sean muy osadas, todo lo contrario. Discreción, seguridad y lo esperable en función de mantener una línea y una buena imagen. Entonces cuando unos familiares de mi esposa me comentaron que tenían tierras aquí y querían ver la posibilidad de moverse de posición respecto a vender e invertir en algo distinto, levanté el guante.
- Interesante ¿Dónde tienen tierras?
- En Chubut. Es una estancia importante. Las últimas tierras están sobre la costa.
- Y usted… colabora, de alguna manera, viendo cómo hacer subir la cotización de esas tierras.
- Algo así. Y para eso, nos interesa saber que hay en las aguas frente a esas costas.
Randale puso cara de sorpresa. En verdad no entendía.
- No comprendo ¿En qué les afecta o qué interés tienen en lo que hay bajo el agua? Por más que sean tierras con propietario, la posesión se termina en la línea del agua. De hecho no debería el dueño tener injerencia hasta la línea de la playa. La propiedad debería terminar antes.
- Pues no es así. Los informes de agrimensión indican que las playas entran dentro de la propiedad.
- Bueno entonces, suponiendo que así sea, lo que hay bajo el agua, aun estando frente a tierras propias, no tiene nada que ver con la propiedad sobre terrenos. Lo que hay bajo la línea de la costa no tiene dueño. Ni acá ni en ningún lugar del mundo. Como mucho el dueño de lo que hay bajo las aguas de un país es propiedad intrínseca del mismo. Se llama soberanía.
Binder lo miraba alegre, con una sonrisa de oreja a oreja. Divertido.
- Todo se puede discutir, mi amigo.
“No soy tu amigo gringo. Y ya me está rompiendo las pelotas esta conversación” Pensó Randale, haciendo un esfuerzo para que no se note.
- En realidad no quiero reclamar nada. Ni hacer revuelo ni montar nada espectacular - Explicó el visitante adoptando un tono más privado. Su cara se tornó sombría de golpe. A Randale le sorprendió el cambio repentino. Pasó de una actitud confianzuda y dicharachera a un estado frío y cortante. Amenazador diría Randale.
Se quedaron mirándose uno al otro por un par de segundos. Cuando Binder se dio cuenta, volvió a cambiar con una facilidad pasmosa.
- Mi estimado John… - Dijo adoptando un tono amistoso, meloso - Che, podemos tutearnos ¿no?
Randale arqueó las cejas y se encogió de hombros.
- Si quiere hacerlo a mí no me molesta. Yo no lo hago. Cuestión de principios.
- Lo que pasa es que me parece que somos de la misma edad y… ¿Vos sos de acá de Buenos Aires? Yo de chico vivía en Martínez. Estudiaba en el pupilo del colegio Hölters en Cardales.
Golpe bajo y desestabilizador ¿No era alemán este gringo de mierda?
- Entendí que usted era de allá… - dijo Randale en referencia a Alemania.
- No, no, soy hijo de alemanes pero criado acá. En realidad para nosotros es lo mismo. Para los que viven allá no. Seguimos siendo “experimentos sudamericanos”.
- No le entiendo muy bien…
- Quiero decir que por más educación y costumbres que tengamos, los que nacimos fuera de Alemania para los alemanes nativos y residentes, somos “extranjeros”. No nos reciben bien.
Randale no supo que responder.
- Son más jodidos de lo que parecen… perdone la sinceridad pero, ya que me invita a la confianza… Dije lo que pensaba. Acá creemos que ustedes, como otras colectividades, mantienen como primordial la nacionalidad de sus padres antes que la nuestra.
- Si, no es tan así. La diferencia es la vertiente. Los pueblos de ascendencia latina o normanda son tal vez más así. Los sajones o los nórdicos son mucho más sectarios.
“Me perdí” pensó Randale “De qué carajos estamos hablando ahora ¡Qué pérdida de tiempo este muchacho!”
- Señor Binder, para concretar, ¿Cuál es la necesidad puntual que tiene para solicitar mis servicios? ¿Sabe usted a qué me dedico? ¿Sabe cómo manejo mis contratos, los costos, los honorarios? ¿Lo que implica una operación de buceo? ¿Tiene idea de algo relacionado? ¿Qué necesita específicamente?
Binder lo estudió un momento. Evidentemente había vuelto a cambiar de rol. Pero esta vez Randale sospechaba que no iba a volver al anterior, al del tipo simpático y entrador que quería pasar por porteño alemanizado o alemán porteñizado.
- Sí estoy al tanto de a qué se dedica y cómo lo hace - Lo dijo serio, tranquilo, mirándolo de frente sin quitarle la vista de encima - Se perfectamente cómo maneja su trabajo y estoy al tanto de lo que implica una operación de buceo. Créame.
Hizo una pausa, no se supo si para agregar dramatismo o para que Randale asimilara lo siguiente que iba a escuchar.
- John, el motivo por el cual lo contacté,- Su voz se tornó suave y su hablar pausado - es porque necesito que ubique un buque hundido del cual se debe rescatar un elemento.
Se inclinó hacia adelante en su asiento y su mirada se heló cuando le clavó la vista al irlandés.
- Necesito que encuentre un submarino alemán de la segunda guerra que fue ocultado, hundido, en algún punto de una porción de aguas territoriales argentinas.

Silencio profundo flotando entre los hombres mientras alrededor el mundo seguía su rutina en el lobby del hotel de Maipú y Av. Córdoba.

viernes, 18 de enero de 2013

Una Excursión a Las Alturas - El Mirador de Valle Hermoso.


Diciembre se iba dejando atrás dos nevadas notables sobre Las Leñas. La del 20 generó evacuaciones, rescates en los caminos altos y varios animales que aparecieron al día siguiente cuando el sol derritió el manto blanco. La del 24 fue menos severa, pero dejó lo suyo también.
Varias veces habíamos intentado tomar la ruta que encara hacia Valle Hermoso sin éxito; hasta que el 29, cuando el año se iba, un llamado avisó que 15:30 se salía de Las Leñas con ese destino. Si se decidía ir, esa era la cita.
El camino desde Malargüe se hace tomando al Ruta 40 hacia el norte hasta llegar a la bifurcación con la Ruta 222 y la antena que se yergue como un hito señalando el cruce. A la derecha uno encuentra, lejos, San Rafael, a la izquierda, el camino que se abre es de ensueño.
El final de la ruta como asfalto es la parte trasera de Las Leñas, a partir de allí comienza un camino que a veces se adivina gracias a la pericia del conductor que guía con mano experta la 4 x 4. Aunque parezca increíble, muchos autos de todo tipo, sin preparación, al mando de conductores que no conocen ni el camino, ni la ruta y menos la montaña, se aventuran como una gracia.
Más tarde son los que trabajan conduciendo las 4 x 4 los que los tienen que auxiliar bajándolos de la montaña, a veces hasta muy entrada la noche.

Lo dicho, la 222 hacia el norte en busca de Las Leñas es un viaje aparte. Primero el camino serpentea trepando entre paredes de piedras cuyos colores sorprenden a cada curva. Sea delante de los ojos, en la pared que acompaña permanente o en las laderas lejanas que se ven al otro lado del valle, el paisaje funde roca, agua, vegetación y cielo en una pintura increíble. Las detenciones se hacían frecuentes para guardar el recuerdo de lo que se veía.
Fuera de temporada Las Leñas es un pueblo fantasma. Al menos así lo vimos nosotros los dos días que pasamos, en diferente fecha. Lo primero que se recibe al visitante es la estación de servicio que siempre está disponible para brindar auxilio a quien lo necesite.
La primera vez que la visitamos, los encargados se entretenían entre cliente y cliente (tres horas de espera) paleando nieve fuera del sector de atención. Una´charla rápida nos da cuenta de la seriedad de la tormenta del día anterior. La segunda fue más atenuada, aunque no faltó la anécdota del caprichoso que pasó igual más allá de la villa y Gendarmería tuvo que auxiliarle la camioneta que había quedado en dos ruedas, inclinada contra el desfiladero, cuando intentó morder un escalón de nieve y encontró debajo un par de buenas piedras que lo sacudieron.
La cuestión fue que esta vuelta, la segunda, el camino estaba a punto para abordarlo. Seríamos de los primeros en transitarlo después de un par de días con sol a pleno y deshielo, así que allá fuimos.


Vista del paisaje desde la Ruta. A lo lejos, los techos de las casas de Los Molles, aldea de montaña increíble.

Los Molles, apenas un puñado de 15 o 20 cabañas y un complejo donde los celulares no funcionan, internet se conecta de a momentos y la T.V. Satelital es el nexo con la civilización.

Al llegar al lugar indicado, el grupo de viajeros sumaba seis más Luis, el conductor, un conocedor del terreno oriundo de San Rafael y experto conductor de 4 x 4. Los que ocupamos el resto de los asientos eramos Carlos y su esposa, un ingeniero de Buenos Aires, su hijo y su nuera, extranjera ella a quien su marido le iria traduciendo todas las peripecias y quien escribe y su mujer, compañera inseparable de vida, travesías y aventuras.
Breves comentarios e indicaciones, acuerdo del tiempo de viaje en ida y vuelta, elección de los asientos y ya Luís ponía en marcha el vehículo iniciando el traqueteo que nos llevaría a trepar la montaña.


Algunas de la maravillosas montañas que sorprenden a la vista en cada tramo del camino.

Dejamos atrás el asfalto para comenzar a trepar la montaña. Lo sobre elevado es la ruta, donde estamos tomando la fotografía es ya el ripio. Notese el desnivel.

En primer plano, una de las unidades con las que la gente del operador cuenta. Detrás, el Land Rover con el que llegamos a las alturas.

El camino de subida. Lo que se ve de piedras en primer plano es el límite del camino, después una corta barranca antes de la caída a pico de 700 mts. El ángulo de ataque del Rover, en algunos momentos, llegaba a los 30°.

Al princípio la mano experta de Luís nos hacía entrar en confianza guiando la camioneta a mano firme y paso tranquilo. El movimiento del bamboleo se suavizaba con la charla del mendocino y de paso, empezábamos a conocer de las historias que jalonan el trayecto.
Conocimos de la vida de los cóndores, del trabajo y el derrotero de los puesteros y sus animales, conocimos la historia de los pioneros que abriendo caminos, sesenta o setenta años atrás, quedaron para siempre en lugares marcados y visitados con respeto reverencial por los viajantes.
De a poco nos aproximábamos a los dos mil novecientos metros de altura. Buena marca. La nieve se empezaba a agolpar a los costados del angosto camino y en varias oportunidades, con buena dosis de teatralización para la foto, las ruedas del Rover rompían los bloques de hielo y levantaban cortinas de agua.
En otros momentos, caprichos del sol y el viento tal vez, la nieve respetuosa quedaba al borde del camino haciendo un firme escalón.
El paisaje cambiaba de forma permanente. Las rocas y la vegetación rastrera daba paso a laderas limpias, peladas. A su vez éstas cambiaban por otras cargadas de jirones blancos que obligaban a ajustarse los lentes de sol, a pesar de ser la cuatro de la tarde pasadas.
Los ojos no dan abasto. Usted se preguntará ¿tanto para ver siendo todo montaña y nieve, nieve y montaña? Y sí. Nunca uno ve hacia dos lados y encontrando montaña, roca, nieve, se ve lo mismo. El entorno impresiona, quita la respiración y seduce con su calma, el paso del viento y el calor del sol.



El primer punto fuerte es una especie de terraza a donde el Rover accede a fuerza de muñeca y potencia de motor. Primeras trepadas fuertes, el conductor avisa.
La sensación hace un vacío en el estomago. Luís apunta al cielo confiado y, sin que veamos hacia adonde vamos (la trepada son más de 30° y no se ve que hay después de la cima a la que se apunta) el Rover se lanza como una bestia enojada mordiendo la tierra y rasgando el ripio, terco, hasta asomar el morro y dar paso a la sorpresa y la falta de aliento.
Una meseta de redonda perfección se abre ante el vehículo y nos coloca en la altura, sin nada alrededor,  permitiendo ver todos los picos circundantes, de nieves eternas, que no son otros que los primeros de los Andes tan famosos. Uno de ellos es El Sosneado, el punto de referencia donde el avión de los rugbiers uruguayos cayó el viernes 13 de octubre de 1972.
La vista, imponente, obliga a fotografiar todos los ángulos posibles; mientras tanto yo aprovecho a colectar datos y abro la charla con Luís. Resultó ser que el hombre ya estaba en Las Leñas, en otra época y con otras obligaciones. Casi por casualidad se cruza con un vehículo todo terreno y empieza a cultivar el vicio haciendo cursos de conducción. Después el hobby se convertirá en pasión y de ahí a ser su medio de vida, solo hubo un paso. Hoy lleva varios años yendo y viniendo por el camino entre Las Leñas y Valle Hermoso hasta cuatro veces por día, cuando el tiempo lo permite, y sorteando las 84 curvas que hay en 450 mts. de desnivel que hay entre El Mirador, a donde nos dirigíamos, y el caserío del valle a orillas de las dos lagunas.
Basta de charla. Hay que volver al camino si no, no volvemos en horario. Todos arriba de nuevo.

Parte de la vista que brindaba El Mirador
Otro rato de recorrida y otra vez el golpe de efecto. Por si alguna vez hacen este recorrido, no voy a estropearle la diversión ni al que guía ni al que visita. lo que sí no voy a obviar es comentar que si la anterior vista suspende la respiración, lo que se ve desde aquí directamente la quita.
Y para evitar explicaciones vanas y palabras que no van a alcanzar para describir paisaje, belleza y sensaciones... Mejor las imágenes.

Este es El Tronador. Dicen los puesteros que durante las noches el pico truena, ruge. La amplitud térmica entre el día y la noche calienta y enfría la roca. Resultado, en el momento de menor temperatura la roca trabaja y el ruido se oye desde varios puntos.

Vista panorámica del punto al que se llega luego de trepar la montaña. Notese a la derecha, el inicio de la bajada hacia el valle, parte de las 84 curvas mencionadas.

Increíble vista del Valle Hermoso con las dos lagunas y el caserío, minúsculo, en el margen derecho. Todo vigilado por El Tronador.

El tiempo no alcanza para disfrutar de la vista. Uno quisiera quedarse el día entero allí arriba... ¡Pensar que hay gente que "trabaja" subiendo aquí a traer gente varias veces en una jornada laboral!
No. Imposible de entender y a la vez, enorme de conciliar con la rutina que cada uno de nosotros lleva en su realidad cotideana.
La hora marca la necesidad de la vuelta. Sacamos las últimas fotos, recorremos todo lo que podemos, tratamos de grabar en la memoria todo lo que podemos y cuando ya no podemos estirar más la estadía, le damos la espalda al valle y cerramos las puertas del Rover tratando de no mirar atrás. La tentación de bajarse es grande.

Lo que pasa (y uno no lo sabe para ese momento) es que parte del apuro atiene a que Luis tiene una sorpresa o dos para la vuelta.
Los tiempos en la montaña son respetados a rajatabla, como lo son en la mayoría de las actividades extremas o de cierto riesgo. Si uno queda en volver a las seis de la tarde, el momento de la llegada es las seis de la tarde. Si a las seis y media no llegaste, alguien va a salir a buscarte.
Luis encaró preguntando si alguien había tomado el tiempo que se había tardado en llegar hasta allí. No. Nadie reparó que saliendo a las 15:30 eran ahora las cinco de la tarde pasadas. Las 18:00 Hs. era el límite de tiempo para estar de vuelta en el punto de salida.
Dos avisos: Pararíamos en un río de deshielo para poder probar la refrescante sensación de beber agua pura 100 % ¿que tal? El segundo, el viaje que de subida nos llevó hora y media... de bajada lo haríamos en media hora.
¿De qué manera?
Paramos en el río y no solo nos dimos el gusto de beber ahuecando las manos, hemos colectado una cantimplora que está a buen resguardo llena de ese agua especial, la cual se irá tomando de a sorbos para recordar por algún tiempo el momento.


Arriba y abajo. La vertiente de donde disfrutamos el agua más pura que se pueda encontrar.


Ahora sí, la excursión tocaba a su fin. No más distracción ni demoras. Viaje directo de la altura de Valle Hermoso al complejo Las Leñas.
Luis encaró el camino metiendo marcha una tras otra hasta que la cola del Rover empezó a corcovear y a irse de la huella. Empezaba el descenso prometido.
Saltos, bandazos, patinadas contra los bordes de nieve, piedras que salpicaban al vacío cuando las curvas se tomaban como veníamos y las ruedas de atrás quedaban casi en el aire. Y en un momento, perfectamente precedido por lo anterior, el conductor avisa que nos falta el tiempo por lo cual está obligado a tomar un atajo. ¿Atajo dijo? ¿Por dónde un atajo?
El volantazo que dio a la derecha nos pegó a todos contra un costado. El buen hombre había salido del camino y lanzó al Rover en una carrera loca a campo traviesa por la ladera de la montaña...
Imposible describir la sensación de terror viendo el vacío del desfiladero que aparecia y desaparecia según el morro de la camioneta se hincaba hacia tierra o apuntaba al cielo, combinada con la adrenalina y la admiración de ver como el hombre a cargo (nunca yo más convencido de que se trataba de un verdadero experto en lo suyo) hacía con el vehículo prácticamente lo que quería.
Increíble. Hasta tuvimos tiempo de ver las rocas plagadas de fósiles ¿Cómo? No lo se. Lo que sí se es que lo que disfruté de esa bajada enloquecida, no tuvo parangón con nada anterior. Si me quedaba un par de días más, era número puesto para repetir la experiencia.
Conclusión:
Si van para ese lado, ubiquen a Roberto (el responsable de toda la movida) o pregunten por Luis, todo desde Malargüe. No hay chance de arrepentimiento. Garantizado. Si no lo encuentran, Patricia de Cabañas Luz de Plata puede darles una mano.

Van a haber muchas más Crónicas de Malargüe y alrededores en lo sucesivo...


Fósiles en las rocas vistos de bajada desde El Mirador de Valle Hermoso.


lunes, 7 de enero de 2013

Una Recorrida Por Malargüe - Regalar Te Trae Regalos

Una de las primeras cosas en la que pienso cuando viajo es que voy a traer de recuerdo de ese lugar.
Para hacerle honor al sitio, es imprescindible que sea algo local, tradicional, autóctono. Entonces uno empieza el meticuloso trabajo de prestar atención en las recorridas ubicando casas de artesanías que puedan cubrir esa necesidad.
En Malargüe, la Ruta 40 se transforma en Av. San Martín cuando toca la urbanización. Mas tarde, cuando se aleja, vuelve a ser la mítica 40, pero deja atrás un sin número de historias y gentes que cuando uno la transita en viaje ni se imagina.
Por suerte mi marcha se detenía en esa ciudad particular y de esa forma tuve la oportunidad de recorrer el lugar y sus rincones. De entre todos los que visité pareciera ser que el olfato de escritor y el instinto me depositaron al 300 de la Avenida, en un local amplio, enorme, cargado de miles de trabajos delicados, llamativos, que lo recibe a uno de brazos abiertos ni bien se traspasa la puerta.

Vista de Av. San Martín

Torre del Reloj

El Reloj es una pieza mecánica hecha en México a expreso pedido de la intendencia de la ciudad.

Otra vista de la Avenida.

Los ojos no alcanzan para ver tanto. Mates de cientos de terminaciones diferentes. Exquisitos cuchillos trabajados a mano cuyos cabos son de variados orígenes. Madera, astas, combinaciones con bronces, trabajos en plata, alpaca y peltre. 
Pasa pañuelos, cerámicas, tablas de maderas, tejidos, sombreros, llaveros, agendas de papel reciclado y lápices de colores hechos con ramas de árbol... Imposible recordar todo. Pero lo que no se olvida es la característica común a todos y cada uno de los objetos exhibidos: la delicadeza y la calidad del trabajo que los forjó.
Patricia y Laura Laferte hacen parte de ese trabajo delicado y calificado. No son artesanas en sí, pero su tarea tiene mucho de artesanal: atienden las demandas de los clientes y los tratan como si los estuviesen recibiendo en el living de su propia casa. Su guía experta y conocedora ayuda a recorrer el lugar sin marearse pero a la vez sin perderse nada de lo que hay. Indagan sobre gustos y orientan hacia lo que corresponde. 
La charla con estas simpáticas mendocinas, tía y sobrina me entero en el discurrir de la conversación, es amena y sale sola. Conocedoras del paño e incansables socializadoras, nunca les falta la letra necesaria para que la comunicación no se corte.
Lo notable de esta situación se me pone de relieve solo después de un rato: me doy cuenta de que siempre lo que prima es el comentario justo y medido, preciso, nada falta ni sobra. Por lo general soy más de mirar y que me dejen solo y tranquilo; prefiero encontrar solo sin que me invadan. Esa era la diferencia.
Patricia y Laura estaban ahí siempre que uno levantaba la cabeza, pero jamás iban a interrumpir en el proceso que la curiosidad envuelve al que busca.
Peligroso para el bolsillo y la economía personal... La buena atención empuja a satisfacer todos los gustos que a uno le afloran, la consecuencia es que los objetos se amontonan en el mostrador...
Pero la vuelta de tuerca iba a venir después.
Mientras uno revisa lo mencionado, las chicas invitan con unos alfajores de chocolate que son de antología y habilitan el paso al otro lado del local principal ¿qué hay allí? Una medida pero notable exposición de otro tipo de artesanías. Las culinarias. Dulces en mermeladas de los más variados gustos, puros aceites de oliva que daban ganas de probarlos de la botella, botellas de vinos de autor con etiquetas numeradas y cada uno con su historia propia, escabeches, conservas, alfajores, chocolates... 
Entonces, por cuestiones de trabajo (las chicas están ocupadas adelante) la propia dueña se acerca solícita y no duda en ofrecer todo lo que puede en pos de satisfacer al cliente curioso.
Nilda Quiles lleva las riendas del lugar; es una mujer vivaz, de sonrisa generosa y ojos que expresan el apasionamiento por lo que hace. No podría imaginarla en otra cosa que no fuese rodeada por esa atmósfera mágica de creación y energía vital trasladada a los objetos por quienes los crearon. Es como si el lugar hubiese sido hecho a su alrededor y no a la inversa. 
La simpatía es la misma que vi antes, la medida equilibrada en la atención parece calcada de Patricia y Laura. Y, es obvio. La que marca el estilo es ella.
Como no podía ser de otra forma, la charla sale fácil. Me entusiasmo y pregunto, no me permito perderme la oportunidad de saber y a aprender. Me fascina tener la oportunidad de tomar todo lo que puedo de quien gentilmente me permite conocer como es su cotideaneidad, su trabajo, lo que hace. Pocas veces uno se topa con gente que hace lo que ama y ama lo que hace; y se debe estar atento, esas posibilidades no se dejan pasar.
Nilda es lectora. Ávida y del mismo tipo de literatura que a mí me interesa. Descubrimos que hemos leído a los mismos autores, casi en el mismo momento temporal ¿puede haber más motivos para decir que entrar a ese lugar fue como oír un llamado instintivo? 
Nos despedimos desgranando lo mejor de lo escrito por Wilbur Smith al final de la década de los setenta y quedo en la promesa de regalarle mi novela. No me pierdo la oportunidad de escuchar la crítica de alguien que sabe y puede aportarme mucho...

"Casa de Campo" está al 300 de la Avenida San Martín en Malargüe y si quieren preguntar algo escriben aquí casadecampomgue@gmail.com y lo hacen. 
No se pierda de pasar si va por allá y no le recomiendo que vaya buscando comprar regalos. 
Solo pase y déjese llevar tratando de encontrar cada cosa que mencioné aquí, de seguro se traerá con usted mucho más de lo que usted le traerá a otros.
Como dije al principio, y aunque parezca mentira, regalar trae regalos.
¡Ah...! Un párrafo aparte... Si visita el lugar, no deje de preguntar por Pepe y salúdelo. Se va a recordar de esta nota...